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	<title>Lydda Franco archivos - NILA ediciones</title>
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	<description>acontecimientos de sentido</description>
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		<title>Aracné de Lydda Franco Farías, el orden plural de otra vigilia</title>
		<link>https://nilaediciones.com/aracne-el-orden-plural-de-otra-vigilia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[José Javier León]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 19 Oct 2024 15:01:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Lydda Franco]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[poesía]]></category>
		<category><![CDATA[poesía venezolana]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lydda Franco Farías dejó una obra amplia y portentosa, pero aún poco publicada y difundida. A propósito de la reciente edición de Aracné, Jose Javier León ofrece una lectura original de Lydda, alejada de estereotipos o simplificaciones. </p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/aracne-el-orden-plural-de-otra-vigilia/">Aracné de Lydda Franco Farías, el orden plural de otra vigilia</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Acaso sea<em><strong> </strong>Aracné</em> (libro inédito de Lydda Franco, y sobre el que tenía depositado un gran celo) el libro más decididamente teórico-poético, o poético a secas. Ya ese tono hermético y luminoso estuvo en <em>Las armas blancas</em>, en <em>A/Leve</em>, en <em>Recordar a los dormidos</em>, en <em>Estantes</em>, pero no será sino en <em>Aracné </em>cuando definitivamente renuncie a la poesía conversacional para escribir y callar en un bajo y sordo registro.</p>



<p>Para callar o escribir el y desde el silencio, tomó un símbolo, la araña, que como insecto tiene la cualidad de trazar en el aire líneas y composiciones que descubren la oblicuidad del tiempo y la inmaterialidad del espacio. Recordemos el poema de Ida Gramcko, “<em>Tela de araña”</em>, donde algunas interesantes correspondencias nos permiten ver cómo una misma sustancia poemática es segregada por una misma y distinta tejedora:</p>



<p>Tela de araña (Ballet)</p>



<p>¡Oh bailarina del desván, comienza!</p>



<p>La música del viento toca el arpa</p>



<p>carcomida y sin cuerdas.</p>



<p>Descorre el polvo su cortina opaca;</p>



<p>se encienden las luciérnagas</p>



<p>¡Oh bailarina del desván! Ya danzas…</p>



<p>Desde el palco de un cofre te contemplan</p>



<p>atónitas pupilas de esmeralda.</p>



<p>En el caos, la herrumbre y la tiniebla</p>



<p>subes, ¡oh danzarina!, con la ráfaga</p>



<p>del aire de la noche; eres la estrella</p>



<p>de graneros y criptas subterráneas.</p>



<p>Ahora te miro, lúcida y ligera,</p>



<p>frente a mi corazón, como una lámpara.</p>



<p>Saltas, danzando, con tu malla negra</p>



<p>sembrando con tu paso una luz blanca</p>



<p>que permanece inmóvil, una estela</p>



<p>húmeda y vertical como una lágrima;</p>



<p>y en el raro columpio de tus hebras</p>



<p>¡mínima equilibrista en red de plata!</p>



<p>con tu sombrilla: mosca, pirueteas.</p>



<p>Cruzas, en espiral, paredes rancias</p>



<p>iluminando pátinas añejas.</p>



<p>Pero has perdido un escalón, resbalas…</p>



<p>Mi mano se levanta, ávida, abierta.</p>



<p>Danzas en ella el aire de una flauta</p>



<p>que un grillo toca entre las hojas secas. (1970, 52)</p>



<p>Tenemos el baile, la danza, la herrumbre, lo rancio y la tiniebla, la lucidez y la ligereza, la luz blanca, la humedad vertical, el equilibrio y la caída. Podemos decir que con los mismos elementos, Lydda Franco construye su continuo poema silencioso. En efecto: recordemos cuando escribe “danza callada”, “caer en el vacío”, “menoscaba el equilibrio”, “en lo olvidado/ en el escombro/ en lo que es penumbra/ pendiente/ otro tiempo/ tejo”. Pueden haber otras correspondencias, mas la teleología del poema de Lydda apunta a otro lugar: en el poema de Ida la caída tiene una mano ávida y abierta aguardando, en el de Lydda, la caída adivina el abismo.</p>



<p>Si bien la elevación aparece en la poética de Lydda lo hace sólo para desarrollar, o darle el marco necesario a la urgencia de la caída, como si esta condición fuera la única en verdad atrayente, la única llamada a descifrar y dar sentido a todo su ser. También, como si sólo en la caída la condición del poeta alcanzara su cenit, su posición más encumbrada. El ser, parece decir Lydda, <em>es</em> en la caída, en el desplome. Caer es <em>recuperar el revés/ lo que encandila</em>. Caer es la revelación, la iluminación. Acaso el entender. Caer vuelve a ser entonces aquella primera caída de Eva, de Adán. Otra vez comer del árbol del conocimiento. Ahora bien, hay toda una galería de formas de caer. Las más evidentes: el desprendimiento de uno mismo, el despertar, y lo que revienta. Otras, menos evidentes o al menos no directas: lo que se rompe, el miedo, el olvido, el atascamiento, lo apócrifo, lo que se arrastra. Lo que cada forma de caída nos descubre es que al ocurrir, se anuncia ese saber que se queda balbuciendo de San Juan de la Cruz, esas formas del entendimiento poético, que es lo que hace que este libro de Lydda sea una suerte de apuntes del asombro, del ser que da consigo. Ya dijimos que al caer descubre lo que encandila, y no sólo al caer sino también al quedar temblando, en ese punto vibratorio del desequilibrio:</p>



<div class="wp-block-group"><div class="wp-block-group__inner-container is-layout-constrained wp-block-group-is-layout-constrained">
<p>en los tembladales</p>



<p>donde la luz se rompe</p>



<p>fijo mis claustros</p>
</div></div>



<p>Aislarse, por otra parte, la hace no perder el hilo; arañar los relojes mata el tiempo, el paso necesario para construir –pendiente– que es como decir temblando, “otro tiempo”, “otro mundo”. Acechar que es un entrever o en todo caso, algo más que ver, y que es como el temblar en tanto que se coloca entre el ver y el no ver, permite llegar al ojo de la fábula, a “la felpa del encantamiento”, vale decir a ese otro tiempo y a ese otro mundo, donde se desarrolla “la panoplia del acertijo”. Temblar y acechar le dan sentido a la palabra intersticio, donde transcurre, dice Lydda, “la acción”.</p>



<p>Esto que he desarrollado nos revela además cómo los poemas se entrecruzan y responden, como dialogan en pos del sentido. Esto es, cómo la poesía reclama ser leída desde las claves que ella misma promueve y contiene.</p>



<p>Otra diferencia entre Ida y Lydda aparece crucial: Lydda, siguiendo el juego con Gregorio en sus primeros libros, es la araña. Ida, en cambio, la ve, la descubre en el espacio. Al ser Lydda la araña, es ella la que teje, teje, pues, recuerdos, visiones, ideas, revelaciones que conducen al silencio, al abismo o a la luz. El cuerpo, arácnido, el del poema y el suyo propio, el ente de papel en que ha devenido su cuerpo, se balancea, danza, se vuelve de través, danza en la luz y en el vacío:</p>



<div class="wp-block-group"><div class="wp-block-group__inner-container is-layout-constrained wp-block-group-is-layout-constrained">
<p>jactancia y ferocidad del cuerpo</p>



<p>que se sabe eje</p>



<p>continuidad ociosa</p>



<p>y frágil</p>



<p>telaraña</p>
</div></div>



<p>El doblez en araña repercute en su forma de ser (hablo de lo ontológico, no del carácter, por si acaso.) Estamos ante la metamorfosis, el cuerpo humano convertido en Naturaleza viva, no ya la forma acabada (a imagen y semejanza de su creador) sino a disposición de los elementos, de las fuerzas visibles e invisibles, carne y espíritu de lo imponderable, de lo posible. Lydda a lo largo de su poesía muta, cambia de piel, de rostros, de voces o registros.</p>



<p>jactancia y ferocidad del cuerpo</p>



<p>que se sabe eje</p>



<p>continuidad ociosa</p>



<p>y frágil</p>



<p>telaraña</p>



<p>Por otra parte, la metamorfosis le permite ganar otros sentidos, sentir de otra forma, en tanto que se es, aunque sea momentánamente, absolutamente lo otro. En este orden de ideas, la araña afina sus sentidos para lo oblicuo, el intersticio, la fugacidad:</p>



<p>hacer punto</p>



<p>postula</p>



<p>el deslumbre</p>



<p>la encrucijada</p>



<p>la enrancia</p>



<p>También para la penumbra y lo callado, para lo que se oculta y revela en un golpe de luz, en el entrever y en el entreoír, en la hendija de las revelaciones.</p>



<p>la araña hace nudos</p>



<p>calca</p>



<p>en el espejo de la tela</p>



<p><em>l</em>o invisible se contempla</p>



<p>Donde se escucha un tiempo otro, distinto. Posible sólo porque eligió, como ya vimos, el vacío, la caída, el abismo, como una forma de vivir al margen:</p>



<p>en lo olvidado</p>



<p>en el escombro</p>



<p>en lo que es penumbra</p>



<p>otro tiempo</p>



<p>tejo</p>



<p>El cuerpo entonces, para la danza, se entrega al vacío, al abismo, deslizándose en las márgenes de la vida, en los linderos de la enfermedad, el descuido, la pereza hacen su agosto. En ese escenario de tiempo y espacio muelle, blando, casi espectral, acaece la revelación pero hecha luz, oro, encandilamiento, fosforescencia que desmantela. Se hace eco Lydda de una no muy variada pero sí muy extensa retórica de la iluminación que es a su vez luz y conocimiento. De seguidas, si la luz adviene conocimiento, la mirada se vuelve elemento fundamental, fundacional diríamos, antes incluso que el sentir (con los otros sentidos) del cuerpo:</p>



<p>la mirada se invierte</p>



<p>en el doblez</p>



<p>Pero no es Lydda poeta de la mirada sino del cuerpo abierto a las sensaciones, del cuerpo húmedo, sombrío. Y en este libro, la idea se cubre con los atavíos de la sombra murmurante; y la mirada, esa parcialidad casi masculina, se toca de niebla; mirada vuelta que busca el envés, no lo escondido sino lo que se oculta:</p>



<p>la levedad no se distrae </p>



<p>en la mirada</p>



<p>hebra transitiva</p>



<p>sueña despierta</p>



<p>Mirada que le permite escuchar los ruidos imponderables de la casa habitada por las almas queridas (como en <em>Recordar a los dormidos</em>), o escuchar los requiebros de la realidad:</p>



<p>mi madre tejía</p>



<p>cosas de otro mundo</p>



<p>por el ojo de la aguja</p>



<p>me asomaba</p>



<p>Escuchar lo que no se deja oír, ver lo que no aparece, sentir lo que reclama otros sentidos, otro cuerpo, otra vigilia. Otra forma de estar en el mundo. Entonces la araña viene a suplir, a doblar, a sustituir. Ella, la ama de los rincones, de lo abandonado: “la estrella de graneros y criptas subterráneas”, como diría Ida Gramcko. Discurso doble que dobla a la poeta y al poema, que se mira hacerse y se borra. Discurso fragmentado que sueña el tiempo y el espacio continuos. Discurso de la doblez y de lo oblicuo. Nada aparece sin antes desaparecer, discurso que funda su presencia en lo que (se) elude, y (se) retira. No es un discurso del abandono, sino del estar sin otro piso que la nada o el vacío. Discurso desde la intemperie, y donde tienen asilo la enfermedad, el dolor, la ausencia, incluso lo descoyuntado y lo rengo:</p>



<p>soy esto que os hace retroceder</p>



<p>esto que atestigua</p>



<p>la imperfección de los dioses</p>



<p>El cuerpo en Aracné, pendula “entre la nada y el aquí”. Discurso que le hace un nicho a la muerte.</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size">En julio de 2024, la editorial El perro y la rana publicó <em>Aracné</em>. Se puede descargar del siguiente link: </p>



<p class="has-small-font-size">http://www.elperroylarana.gob.ve/aracne/</p>



<p></p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>José Javier León </strong>(Maracaibo, 1971)</p>



<p class="has-small-font-size">Editor y promotor cultural. Es licenciado en Letras, con Maestría en Literatura Venezolana de la Universidad del Zulia (LUZ). Ha publicado <em>Al Margen</em> (2002), <em>El arte de envejecer discretamente </em>(2004) y <em>La noche definitiva</em> (2021), Premio Nacional de Ensayo Stefania Mosca 2020. </p>



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