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	<title>Cuento archivos - NILA ediciones</title>
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	<title>Cuento archivos - NILA ediciones</title>
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		<title>Juangurito: el pulso creativo de una gran familia</title>
		<link>https://nilaediciones.com/juangurito-el-pulso-creativo-de-una-gran-familia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Nila Ediciones]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 30 Apr 2026 23:07:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura infantil]]></category>
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		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[neurodivergencia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este libro retrata la experiencia de una familia que entendió el autismo como una posibilidad de creación colectiva y permanente. En Nila Ediciones nos sentimos honrados de ser parte del proyecto Juangurito. </p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/juangurito-el-pulso-creativo-de-una-gran-familia/">Juangurito: el pulso creativo de una gran familia</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>El libro <em>Juangurito. El mundo es una canción</em> ha sido una experiencia de conmoción y aprendizaje. Como editores pudimos asistir muy de cerca al proceso creativo de una familia ampliada: mamá, papá, hermanas, tías y amigos y amigas, que lograron transformar en arte una situación tan compleja como el autismo. <em>Juangurito</em> se puede leer, oír y ver como una crónica testimonial y genuinamente artística, que nos habla directamente de las situaciones que viven quienes aman a una persona neurodivergente, y aprenden con ella otras formas de percibir y sentir el mundo, en esta caso la familia de Juan José, quien inspira y evoca el personaje de Juangurito.</p>



<p>La música es la gran cinta de colores que atraviesa la experiencia. Por eso “El mundo es una canción” es un título perfecto, ya que las canciones, el ritmo, la melodía, la música desde el momento de su composición hasta que la disfruta el oído, es la manera con la que los padres y hermanas de Juan José lograron entender el autismo. Y luego de entenderlo y asumirlo como parte de sus vidas, nos ofrendan su propia experiencia como una posibilidad de ampliación sensorial y vital, que nos lleva a comprender la belleza de la humanidad y su capacidad de amar y crear.</p>



<p>El libro lo escribió Eduardo Viloria a partir del relato de la hermana: Silvana, quien también compone y canta. Toda la familia “canta”. José Alejandro Delgado ha llevado adelante una carrera musical importante en el país, que ha venido compartiendo con la comunidad a través del proyecto “Ciudad Canción”. La mamá de Juan José, Andreina Guilarte, canta, compone y es una de las principales productoras. Las ilustraciones del libro las realizó la tía, la artista Gabriela Guilarte.</p>



<p class="has-text-align-left">Eduardo Viloria, el autor del texto que recoge la narración y el testimonio, es también autor de un libro anterior: <em>Lluvia de juguetes</em>, que nace entrelazado a una de las canciones del proyecto Juangurito: “Llueve”. La letra cuenta una de las historias cotidianas con su propia hija, Helena, quien también es autista. Eduardo Viloria y su compañera, Gioconda Mota, impulsan desde hace años la fundación <a href="https://hayalguienalli.org/">Hay alguien allí.</a> Se trata de una iniciativa pionera en nuestro país, creada para comprender y, sobre todo, divulgar información valiosa sobre el autismo. Además, ambas familias comparten un vínculo afectivo muy cercano. Por eso referíamos al principio que todo este hermoso trabajo está motivado por un gran relacionamiento afectivo, semilla y fruto de una familia ampliada.</p>



<p>En el relato que escribe Eduardo, Silvana nos habla de la mamá, el papá, las hermanas, las tías y el abuelito que falleció en la pandemia. La obra enfrenta la tristeza con franqueza, y de ella logra encender chispazos de alegría en forma de repiques de tambor o silbidos melodiosos. Ante esa mirada directa y translúcida, experimentamos una transformación que permite tocar la raíz donde todos nos integramos, para acercarnos a la humanidad y a su posibilidad de redención.</p>



<p>Esta iniciativa representa una bocanada de vitalidad y esperanza. <em>Juangurito </em>nos invita a ser parte de realidades complejas que merecen ser abrazadas, y nos demuestran que podemos descubrir nuevas expectativas al verlas cara a cara. Así vivimos el proceso de editar <em>Juangurito. El mundo es una canción</em>, un libro luminoso y duradero en todo sentido, que tuvimos el honor de acompañar como parte de esa familia ampliada de la que ahora nos sentimos parte.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="684" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG-1024x684.jpeg" alt="" class="wp-image-1466" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG-1024x684.jpeg 1024w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG-300x201.jpeg 300w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG-768x513.jpeg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG-1536x1027.jpeg 1536w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG-1320x882.jpeg 1320w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3512.JPG.jpeg 1541w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>El 28 de abril, en el Centro de Arte Los Galpones, ocurrió el milagro de compartir toda la experiencia multimedial de Juangurito. La presentación del libro fue una puesta en escena de la narración, con los bailarines de Sarta de cuentas y Mi juguete es canción, la familia de Juangurito en pleno y un público que interactuó entre risas y también algunas lágrimas de conmoción. Ese día fue el lanzamiento de dos de las canciones del proyecto:<a href="https://www.youtube.com/watch?v=y0cMjoCfZnE"> “Qué bello caballo”</a> y <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Dy-D04gkmf8">“Toco tambor”</a>. Todas las piezas se pueden oír por distintas plataformas y los videos se ven en el canal de YouTube <a href="https://www.youtube.com/@Juangurito">Juangurito</a>, al que se accede desde un código QR impreso en el libro</p>



<p>Invitamos a leer el libro, disponible a través de las redes de Juangurito y Nila Ediciones, próximamente en librerías. Cada página de esta edición rebosa cariño, esfuerzo y un compromiso total con la vida. Conectarnos con esta historia nos saca del egoísmo para volvernos parte de un mar de fueguitos, al mejor estilo de Eduardo Galeano, donde cada quien aporta su luz hasta crear una inmensa llamarada vital.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="684" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG-1024x684.jpeg" alt="" class="wp-image-1468" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG-1024x684.jpeg 1024w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG-300x201.jpeg 300w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG-768x513.jpeg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG-1536x1027.jpeg 1536w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG-1320x882.jpeg 1320w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/04/IMG_3509.JPG.jpeg 1553w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



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<p class="has-small-font-size">Fotos de Alberth Briceño.</p>



<p></p>
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		<title>Mi tío</title>
		<link>https://nilaediciones.com/mi-tio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Chico Buarque]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Feb 2026 16:11:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
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		<category><![CDATA[cuento]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>"Mi tío", cuento de Chico Buarque traducido al español por el narrador venezolano Wilfredo Machado</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/mi-tio/">Mi tío</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Mi tío vino a buscarme en casa con su carro nuevo. No acostumbraba a subir, pero esta vez traía una encomienda para mi madre. Como siempre sucedía en estos casos, papá se hizo el dormido en el cuarto. Mamá recibió a mi tío de dos besitos. Le ofreció café, agua, pan de queso; pero en casa, él se sentía incómodo, aprensivo. Así que los besitos de bienvenida, también valieron como despedida, y casi ni tuve tiempo de revisar mi bolso. Mi tío lucía más joven sin sus lentes oscuros, que solo se quitó para bajar los dos tramos de escaleras con los bombillos rotos. Se quejó de que el ascensor viviera dañado, aunque para finales de año pensábamos mudarnos para un apartamento mejor en un barrio distinguido. Mamá haría dulcería, ya que desde niña la señora era&nbsp; terca y orgullosa, pero acabaría cediendo. Papá nunca rechazaría un ascenso; según mi tío y yo sería la más afortunada, puesto que viviría cerca de la playa.</p>



<p>Su nuevo carro era una SUB Pajero 4 x 4 inmensamente blanca como una ambulancia, que ocupaba toda la acera en frente de mi edificio. Quien quisiera circular por allí tenía que saltar a la calle y andar unos cincos metros pegado al bordillo. Por eso, cuando los viejos paseantes nos vieron, pusieron cara de pocos amigos. Mi tío siempre repetía que la envidia era una mierda, aunque la muchachada del barrio verdaderamente admiraba sus carros, desde el día en que se apareció con un Mini Cooper convertible. Ahora venían acompañando nuestra marcha lenta por las calles estrechas del barrio. Algunos iban adelante, como abriéndonos camino, verificando nuestro paso entre los carros viejos y las carcasas de autos mal estacionados a ambos lados de la calle. Cuando desembocamos en la avenida, festejaron dándole palmaditas a la carrocería. Pero ya dentro del túnel, mi tío intentó recuperar el tiempo perdido. Aceleró a ciento veinte, ciento cuarenta por hora, pasando de un canal a otro con la mano aferrada a la corneta. Solo dejó de tocarla cuando salimos del túnel y ya no servía tanto. Mi tío se detuvo para abastecer en una estación de servicio de La Laguna. Mandó a llenar el tanque con <em>diésel</em>, después cerró la ventana y puso la música a todo volumen. Cada sacudida del <em>funky </em>golpeaba como un corazón bombeando con fuerza. Parecía una masa de aire inflándose dentro del carro, al punto de romper los vidrios blindados.</p>



<p>En ese momento, no se dio cuenta de que el dependiente lo aguardaba con la maquinita de las tarjetas de crédito. Sacó del bolsillo de la chaqueta un billete de cien reales y mandó a calibrar los neumáticos y guardarse el cambio. Antes de partir, resolvió pedir también unas cervezas y un helado de uva, mi favorito. El dependiente no podía abandonar la estación de servicios, pero por un billete de cincuenta reales, dio un salto raudo a la tienda de conveniencia.</p>



<p>En la Barra de Tijuca, mi tío iría a mil por hora, por si acaso tomara una ola de verdes en los semáforos. Pero cada quinientos metros tenía que reducir la velocidad, porque las luces cambiaban: unas sí, otras no. Un poco antes de la Estatua de la Libertad, tuvo que frenar bruscamente: malabaristas y vendedores ambulantes ocuparon el cruce peatonal en el mismo instante en que el semáforo se puso en rojo. Los jóvenes armaban pirámides humanas a fin de exhibir sus destrezas con las pelotas de tennis. Los hombres limpiaban los parabrisas y colgaban bolsitas de caramelos en el espejo retrovisor. Mi tío fijaba su atención en la luz roja, mientras tamborileaba sobre el volante para calmarse. Luego de un momento, movió la cabeza y señaló con la barbilla a un vendedor de periquitos. «Pero no teníamos tiempo», dijo. El vendedor venía atravesando el cruce de forma tranquila, moviéndose con tres jaulas en cada mano. Pero una vez que la luz cambió, mi tío arrancó con el carro con tanta brusquedad como se había detenido. Golpeó el brazo izquierdo del vendedor, derribando las jaulas. Aún volteé atrás imaginando un revuelo de periquitos, pero no sucedió.</p>



<p>La playa de Grumari, al final de la Barra, estaba super llena, a pesar de ser día de semana. Mi tío se estacionó en el primer puesto que encontró, sin complicaciones. Un cuidador vino a avisarle que esa era la salida de otros carros, pero él no le prestó atención. Fuimos a sentarnos en una caseta, donde pidió cerveza, una Cocacola y una docena de ostras. Él me había dado a probar las ostras, que comía chupando la concha hasta el pendúnculo. Insistió para que fuera a tomar un baño, aunque él mismo ni siquiera se quitaba la chaqueta de nylon, con todo y ese calor. Me saqué el vestido por la cabeza y me quedé con el bikini amarillo que me había regalado para mi cumpleaños. Fui a darme una zambullida y ya en medio del mar escuché un estruendo enorme de cornetas. Cuando volteé para la caseta, vi a mi tío, allá arriba, caminando despacio en dirección al estacionamiento. Vi a tres hombres gesticulando en su contra, pero no se escuchaba lo que gritaban. Tampoco sé lo que les dijo cuando los enfrentó, pero en seguida le dieron la espalda y se fueron a recoger. Mi tío todavía fue atrás de ellos, señalándolos con el dedo, como acusándolos, luego regresó a la caseta y pidió otra cerveza. Me sugirió que me diera otro chapuzón y me acompañó hasta la orilla, mojándose la suela de sus tennis de plataforma. Cuando salí del agua me dijo que tenía muchas ganas de comerse mi rabito. Me preguntó si quería algo más,&nbsp; pagó la cuenta, mientras pedía al mesonero un litro de agua mineral, pusó su mano sobre mi hombro camino del auto. “La envidia es una mierda”, debe haber pensado al ver a los choferes trancados que aguardaban cabizbajos y con cara de pocos amigos. Me lavé los pies con el agua mineral, sacudí la arena de mi vestido y forré con él el asiento del carro, antes de sentarme con el bikini todavía mojado.</p>



<p>No lejos de la playa, mi tío entró en una calle muy desigual. Del lado izquierdo era una calle residencial con edificios de cuatro pisos, garajes, garitas, portero, de todo. Del lado derecho parecía más un barrio de casas torcidas, sin pintura, aptas para cualquier tipo de comercio. En la acera de un botiquín había personas bebiendo cervezas en mesas amarillentas de plástico. Mi tío se estacionó allí&nbsp; y comenzó a tocar la corneta. Las personas movieron sillas y mesas, abriendo espacio para que mi tío pudiera estacionarse sobre la acera. Comenzó de nuevo a tocar la corneta&nbsp; sin bajarse del carro, hasta que del otro lado de la calle comenzaron a aparecer los obreros de una construcción. Eran una docena, y así de pronto, parecía que habían bajado para un partido de fútbol: mitad sin camisa, y la otra mitad con la camisa del Flamengo. El edificio estaba en fase de entrega, con una fachada de azulejos que lo distinguía de la de sus vecinos, y dos pisos extras que se extendían casi hasta el borde de la acera. Mi tío salió del carro y abrió la maletera de donde sacó una bolsa de supermercado. Llamó a cada trabajador por su nombre y distribuyó los fajo de billetes que ellos tomaron con prisa, sin siquiera agradecer. Luego cruzó los brazos mientras contaban los billetes. De allí se subió al carro y partió, a fin de tomar la avenida principal en dirección a la ciudad.</p>



<p>En el primer semáforo en rojo, un motociclista se detuvo a la izquierda del carro de mi tío. Era una moto potente y el conductor miraba la Pajero de arriba a abajo, mientras hacía rugir el motor. En ese momento tuve la impresión de que me observaba, aunque la película del vidrio lateral impedía que pudiera ver adentro. Mi tío empezó a tamborilear sobre el volante, espiando con el rabo del ojo al motociclista, quien lucía rudo, y hasta más alto que nuestro carro. Entonces el motociclista avanzó medio metro y ahora sí, si quería podría ver mis piernas por el vidrio transparente de enfrente. A través del visor de su casco pude ver sus ojos verdes claro. Ahí mi tío golpeó el tablero y avanzó un metro, invadiendo el rayado. En el momento que el motociclista advirtió el cambio de luz, arrancó con gran ímpetu. Pero el motor de mi tío era más potente y luego de cruzar la siguiente luz amarilla, lo alcanzó casi a doscientos kilómetros por hora, con el motociclista a la derecha, muy cerca de mí. Mi tío comenzó a cerrarle el paso a la moto al final de la avenida. De pronto, el conductor&nbsp; sacó de la alforja una barra de hierro. Golpeó una, dos y tres veces el capó del auto, pero a la cuarta falló el golpe, haciéndolo perder el equilibrio. Mi tío con un ligero golpe de volante, acabó de empujar la moto hacia las jardineras. Miré atrás y vi la moto capotar cuatro veces sobre el gramado con el motociclista abrazado a ella.</p>



<p>Por suerte, más adelante estaba la concensionaria Mitsubichi donde mi tío había comprado la Pajero hacia apenas una semana. Al bajarse, un vendedor con una mascarilla de Covid&nbsp; lo saludó. Interrumpió al vendedor para que dejara al otro cliente que parecía interesado en un Sedán, y le mostró los golpes. Con rostro compungido el vendedor pasó su mano por el capó como quien soba un caballo. Mi tío necesitaba un carro de reserva mientras reparaban el suyo. El vendedor le pidió unos minutos para ver qué vehículos tenía en servicio. Pero mi tío exigió un modelo igual al suyo, como aquel blanco de la vitrina. Pero, de acuerdo al vendedor, ese solo podia usarse para una prueba de manejo y por un máximo de media hora. Mi tío alzó la voz, llamó estúpido al sujeto y preguntó por el gerente. Respiró profundo y me dio dos billetes de cien reales para que fuera a la farmacia de al lado. Él no podía ir personalmente porque era bastante conocido en el barrio y no se vería bien comprando viagra frente al mostrador de una farmacia. El farmacéutico, extrañado, que me vendió el remedio, también usaba mascarilla. Incluso, los clientes alrededor que usaban tapabocas, podía verse que se reían de mí. Deben haber pensado que solo una muchacha muy suburbana va de compras en bikini. De regreso al consecionario encontré a mi tío conversando con el gerente, quien usaba una mascarilla semejante a un pico de tucán. El vendedor trajo el auto que estaba en el exhibidor, idéntico al nuestro, pero sin placas.</p>



<p>En la Suite Premium del motel Dunas, mi tío pidió un balde de cervezas, una Coca Cola y dos hambuguesas con queso. Encendió el televisor y después de lonchar me mandó a que tomara un baño en el jacuzzi. Todavía estaba enjuagándome cuando me empujó hacia la cama. Se comió mi rabito sin siquiera quitarse los lentes oscuros, mientras me mordía la cabeza. Luego se tendió a mi lado y estuvo un buen tiempo acariciando mis cabellos lisos, que ni los de mamá. Después me contó en secreto su nuevo proyecto: la compra de un avión. Me prometió que sería la primera en volar con él. Nombró varios destinos en el nordeste y en el exterior; sus palabras se fueron haciendo cada vez más lentas hasta quedarse dormido. Cambié el canal de televisión de una porno para una serie americana que ya había visto, pero que no recordaba bien. Solo en el tercer epidodio mi tío se despertó asustado y me gritó porque lo había dejado dormir más de la cuenta. Dijo que podia tener problemas en casa. Pagó la factura con varios billetes de cien. Salió retrocediendo del estacionamiento que estaba lleno, y raspó el parachoque delantero con una pared. Como vivía por ahí mismo en La Barra, me dejó en la avenida y me dio suficiente dinero para el taxi.</p>



<p>En casa, mi mamá abrió el bolso y revisó el envoltorio sin abrir del preservativo. Dijo que estaba harta de decirnos que si la mujer no se avispa, ningún hombre usaría preservativo. Y que solo faltaría que me preñara, pues mi tío estaba casado y no quiero problemas con su esposa. Según papá, yo le haría un enorme favor a mi tío si lo librara de aquella piraña. Fuera como fuera, para mi mamá, mi tío pagaría un aborto y nunca se casaría conmigo. Pero papá me garantizó que nadie me obligaría a abortar, ni siquiera mi tío con todo su poder. Mamá dijo que no fue criada para darle un nieto que fuera al mismo tiempo su sobrino. Sin contar que parientes consanguineos a veces procrean hijos tarados. Pero mi padre dice que no siempre sucede así.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="754" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-754x1024.jpg" alt="Presentamos el cuento &quot;Mi tío&quot;, de Chico Buarque, traducido al español por el narrador venezolano Wilfredo Machado." class="wp-image-1420" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-754x1024.jpg 754w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-221x300.jpg 221w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-768x1043.jpg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-1131x1536.jpg 1131w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-1508x2048.jpg 1508w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-1320x1793.jpg 1320w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-scaled.jpg 1885w" sizes="(max-width: 754px) 100vw, 754px" /></figure>



<p>Del libro <em>Años de plomo y otros cuentos.</em></p>



<p>Traducción de Wilfredo Machado.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Chico Buarque</strong> (Río de Janeiro, 1944). Es mucho más que el emblema de la música popular brasileña. Hijo del historiador Sérgio Buarque de Holanda, Chico creció en un ambiente intelectual que moldeó su capacidad para diseccionar la realidad social y emocional de Brasil. Aunque su fama mundial llegó con la guitarra y letras como «Construção», su trayectoria literaria lo ha consolidado como uno de los narradores contemporáneos más sofisticados en lengua portuguesa. En 2019 fue galardonado con el Premio Camões. Entre sus principales títulos destacan: <em>Estorvo</em> (1991), <em>Benjamim</em> (1995), <em>Budapeste</em> (2003), <em>Leite derramado</em> (2009), O <em>Irmão Alemão</em> (2014) y <em>Essa Gente</em> (2019).</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Wilfredo Machado</strong>&nbsp;(Barquisimeto, Venezuela, 1956). Poeta, narrador y editor. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA). Fue agregado cultural de Venezuela en Brasil. Ganador del concurso de cuentos de&nbsp;<em>El Nacional</em>&nbsp;en 1986; del Premio Municipal de Literatura en 1995 con&nbsp;<em>Libro de animales</em>; y del Premio de Narrativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2009. Entres sus obras destacan&nbsp;<em>Contracuerpo</em>&nbsp;(Fundarte, 1988),&nbsp;<em>Libros de animales</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 1994; Alfadil, 2003),&nbsp;<em>Poética del humo</em>&nbsp;(Fundación para la Cultura Urbana, 2003),&nbsp;<em>Diario de la gentepájaro</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2008),&nbsp;<em>Corazones sombríos y otras historias bizarras</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2015),&nbsp;<em>La noche de Prometeo</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2015),&nbsp;<em>El rey de los pobres</em>&nbsp;(Fundecem, 2017),&nbsp;<em>El pez de los sueños</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2022) y&nbsp;<em>Animalia y otros seres monstruosos</em>&nbsp;(Fundarte, 2023). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de cuentistas venezolanos e hispanoamericanos, algunos de ellos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, inglés, hebreo y búlgaro.</p>



<p></p>
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]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El revés de las horas</title>
		<link>https://nilaediciones.com/el-reves-de-las-horas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[João Gilberto Noll ]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Apr 2024 12:01:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[João Gilberto Noll]]></category>
		<category><![CDATA[Wilfredo Machado]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura latinoamericanos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ofrecemos la traducción al español de un cuento de João Gilberto Noll, donde lo onírico y lo siniestro se abrazan en un ritmo narrativo que nos deja sin aliento.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Sentí un olor a esmalte.</p>



<p>De hecho, la muchacha que abrió la puerta del caserón tenía las uñas como recién pintadas de un rojo chillón.</p>



<p>—Me llamaron —le dije.</p>



<p>—Sí, todos lo esperan —respondió, pareciendo ser el personal de enlace entre los visitantes y los jefes.</p>



<p>Nadie me nombró, ni siquiera la mujer, como si ya me conociera de otro lugar.</p>



<p>Entré. La muchacha cerró la puerta. Me pidió que la acompañara. Bajo un ambiente de ventanas cerradas, se aproximó a una lámpara de luz tenue. Me pidió que apuntara con mis manos hacia el pálido diámetro de luz. Las mostré, dejándolas suspendidas, como si las ofreciera para algún sacrificio a la media luz. Ella se aproximo. Noté que era atractiva. Todo su aliento parecía interpretado por los senos bajo el tejido casi transparente. Recliné mi cabeza.</p>



<p>La muchacha tomó un par de guantes de la mesita debajo de la lámpara. Me pidió que me los pusiera. Eran blancos. Comprobé que se ajustaban a mis manos a la perfección.</p>



<p>«Eso era para que no tocara, ni fuese tocado por cierta inspiración peligrosa» susurró, medio afligida. «Se tomaron algunas precauciones, quizás muchas; sí, pero siempre quedan algunos puntos ciegos». Mis dedos temblaron bajo los guantes blancos. Y, de súbito, la luz se encendió bajo un reflector, de seguro, bajo la dirección de un tipo medio desnudo; el director, sí, un director que parecía más bien un maestro de cabellos despeinado, largos y grises. Y la muchacha que me recibió ya asumía otro rol como la dirección de arte, mientras repasaba detalles en los muebles, su inmenso lustre de mil reflejos. Un joven rubio deslizó la cámara sobre mi perfil, por mi pecho, mi pantalón negro, los zapatos de gamuza, ya todos heridos por los años y más, mucho más, por donde le fuera posible filmar a la cámara Aquel que parecía el director del filme, vino hacia mí con sus manos entrelazadas junto a sus intestinos y los míos, como si quisiera arrancar de seco de mi cuerpo cualquier blasfema expresión que solo podría mitigar para darme ánimo. ¡Vomitar! Pero aún era pronto, medité. Primero necesito descubrir de cualquier forma, quién soy en este filme, por qué esperan de mí tanto impacto y convulsión. Puse mi mano enguantada sobre la estantería, encima de la chimenea. La muchacha que me abrió la puerta había desaparecido. Así que, aparte de mí, solo estaba el que parecía ser el director del filme, y el camarógrafo.</p>



<p>Me ordenaron que abandonara la sala y saliera afuera, al encuentro del resto del caserón, sin ninguna idea preconcebida. Que anduviera apenas. Sería un único plano secuencia en el que me seguirían por todas partes, y aunque cerrara las puertas a mis espaldas, no importaría, puesto que habían dilatado las cerraduras. Que recorriera todas las habitaciones de la mansión, que comiera en la cocina cualquier cosa que encontrara en la nevera, y que después vomitara, si quisiera, en el baño de los empleados, al lado de la lavandería y cualquier cosa por demás. Visitaba realmente cada habitación; iba, entraba en un cuarto vacío, y en otro, y en otro, y así y más. Hasta que me topé de frente con un baño de luz muy clara, ladrillos blancos. Entré… ruido de olas; sobre el piso un salvavidas amarillo con cuello y hocico de jirafa. Lo agarré. Abrí la cortina rosada de plástico. Me senté, distraído, en el borde de la bañera como si descansara al borde de un arroyo. Entonces pensé que la cámara grababa mi nuca. Luego vino la voz del director exigiendo que perdiera consciencia de la cámara. Que me abandonara al fluir de mi <em>ser</em>. «¡Mi ser…eh!». Incluso, critiqué en un murmullo la orden gongórica de aquel que me quería su actor. Y me puse a mirar las aguas espumosas de la bañera. Allí se bañaba una niña en plena ruta hacia la pubertad. Me pidió que le devolviera el salvavidas. Me agaché, que ni en cámara lenta, para tener tiempo de pensar en el devenir de la historia. Pero cuando miré de nuevo a la muchacha para devolvérselo, pensé si la escena no estaría a punto de finalizar. Me levanté y cerré la cortina rosada. Pestañeé un poco dentro del baño, allí, de pie —esbozos de pasos casi ya en retroceso. Mas el director y el camarógrafo parecían tan alineados a mi <em>estar</em>, como decían, tan sedientos de mi devenir, que acabé pensando que mantenerme en el baño no me ofrecía ninguna mejor opción&nbsp; de la que tendría al salir.</p>



<p>No en tanto, el documental de mi ciega actuación dentro de aquel caserón, no sé ya si me interesaba tanto. Además, tener aquellos dos siervos a mi disposición para donde quiera que fuera; pues sí, eso tal vez me daría el impulso necesario para transformarme en imagen. Y era por eso que me más movía por todas las habitaciones, y salía de ellas… Como si en el siguiente punto lograría alcanzar la dimensión de un signo, que por si solo tradujera, lo que aquellos que me seguían, no lograban transmitir sin mí.</p>



<p>Ahora avanzaba con pasos decididos por el claroscuro de los corredores y, como si no les importara la falta de iluminación especial, ni nada, ambos seguían detrás. A veces me golpeaba con los objetos y me hacía tanto daño que tuve que amarrar un pañuelo alrededor de una fea herida sangrante en mi brazo. Hasta ahora, los guantes blancos se habían mantenido inmaculados.</p>



<p>Cuando entré en la cocina vi un grabado lleno de nubes en tono durazno. Consternado, sin saber el motivo, hice el gesto de colocarlas fuera de cuadro. Me senté, exhausto, en el banco del mobiliario reservado para los desayunos. Con las manos sobre la mesa, vi que la cámara enfocaba mis guantes blancos, como si esa imagen sirviera de preámbulo para un brusco giro. Sentí escalofríos. Por vez primera me planté frente a la cámara en un enfrentamiento que bordeaba el ridículo… Pensé en la expresión que debía tener. Me di cuenta de que estaba a punto de arruinarme, y de llevarme todo al demonio. Así que mi mejor idea fue retirar rápidamente la mirada de la cámara, apartarme de cualquier conciencia de la escena. Y así lo hice. Salí de la cocina, listo para una nueva estación</p>



<p>Casi corrí por el corredor. Tropecé. Me llevé un golpe. Pegué la cabeza contra el marco de una puerta que daba a un aposento oscuro. A pesar de cómo pudiera caracterizarlo; bien como cuarto o escritorio, sala de televisión, o simple cuarto de lectura… ¡Yo qué sé! Ahora necesitaba limpiar la sangre de mi frente. Tener mucho cuidado de reforzarme en el momento preciso y avanzar siempre sin dirección, mientras la cámara me seguía, muy concentrada, por aquel caserón que, hasta allí, era bueno decirlo, parecía vacío.</p>



<p>Me sentí atontado. Vi que uno de los guantes se había manchado con la sangre que corría, tímida, de mi frente. Escuché la voz del director pidiéndome que me los quitara. Lo hice, arrojándolos al piso como si me librara un poco de mí mismo. Entré en el recinto oscurecido. A medida que me adentraba todo se oscurecía más… Llegó un punto en el que rugí, arrancando por primera vez de mí un clamor que no habría conseguido adivinar en toda mi vida. Por primera vez en esa misteriosa ruta por aquella casa, con seguridad aislada, daba una contribución sonora al filme. Dejaba extravasar mi voz de lobo, sí, mucho antes de que tuviera condiciones de comprender la saña de aquel torbellino que corría por mi garganta. Pero en la filmación no había aparatos de sonido. ¿O existían de forma oculta?</p>



<p>Entré hasta el fondo del recinto; más, un poco más aún. El espacio parecía infinito. Allí adentro no necesitaría guardar interdicciones. Esa intensa atmósfera de súbita libertad me hacía arder en llamas. Me detuve. Vislumbré apenas el movimiento de un cuerpo. Y así fue, de hecho. Me arrodillé en la oscuridad. Lo toqué. Juraría que a partir de ese primer contacto el cuerpo despertaría. Lo que no me dejaba margen de dudas era que esa criatura no evidenciara ninguna reacción contraria a mi contacto, ni a los que vinieron después. Fui abriendo sus botones. Retirando pieza por pieza, excavando con mis dedos debajo del suéter. Ahora pasaba mi mano de arriba abajo, sin encontrar ya ningún otro tejido que no fuera la piel. Me levanté también y me desnudé. Me acosté sobre su cuerpo. Una luz penumbrosa apenas surgía. Su cuerpo me acogía. Ambos fuimos tomados por una fiebre, hasta llegar, ya menos ruidosos, a un muelle que no previera… La luz ahora, madura. La luz venía de una persona que no había visto hasta ahora. Venía de ella, si, y cada vez con mayor intensidad. Ambos nos miramos entonces sudorosos, desnudos, acostados encima de una mesa. En ese instante la luz se hizo casi feérica. Yo abrazaba aquel cuerpo de una proximidad espantosa, como si quisiera evitar mirarlo y al mismo tiempo, ocultarlo de los demás.</p>



<p>El director, que tan poco interfería, vino en esta ocasión drástico y ordenó: «Sepárense un poco para que ambos puedan mirarse mutuamente». Como soldados al fin de la batalla, aunque todavía vislumbrados de promesas.</p>



<p>Sí, entonces quedamos, presumiblemente, a la distancia ideal. Debajo de mí, toda perlada en gotas de sudor, mi hija médica sonreía… pero como si no me reconociera así de cerca.</p>



<p></p>



<p>Del libro <em>La maquina de ser</em></p>



<p>Traducción Wilfredo Machado</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>João Gilberto Noll</strong> (1946–2017) nació en Porto Alegre, Rio Grande do Sul, Brasil. Ha publicado más de una docena de libros entre los que destacan <em>El ciego y la bailarina </em>(1980)<em>, La furia del cuerpo</em> (1983)<em>, Bandoleros </em>(1985)<em>, Hotel Atlántico </em>(1989), <em>La máquina de ser</em> (2006)<em> y Mínimos comunes múltiplos</em>. Ha recibido innumerables premios, incluyendo el Premio Ficción de la Academia Brasileña de la Lengua. También ha ganado el Premio Jabutí en cinco oportunidades.</p>



<p class="has-small-font-size">La universalidad presente en la obra de João Gilberto Knoll, la innegable influencia que sus textos ejercen sobre la casi totalidad de autores brasileños de la última generación, el respeto de la crítica literaria y la óptima repercusión que sus libros han tenido en el público lector, son elementos que consolidan su manera de abordar los encantos y las tragedias existenciales a las que estamos sometidos a diario. Textos rodeados de una atmósfera turbia, extraña, casi en descomposición. Este primer cuento de <em>La máquina de ser</em> está bañado por ese territorio que nos obliga a reconocer que la soledad, a veces, inventa la presencia del otro.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Montes y culebras, al filo de la cordillera</title>
		<link>https://nilaediciones.com/montes-y-culebras-al-filo-de-la-cordillera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Silva]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Jan 2024 11:08:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[JoelRojas]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://nilaediciones.com/?p=1136</guid>

					<description><![CDATA[<p>Alejandro Silva ofrece una lectura situada de los cuentos del libro Montes y Culebras, obra ganadora de la X Bienal Nacional de Literatura Orlando Araujo en 2022</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<div class="wp-block-group"><div class="wp-block-group__inner-container is-layout-constrained wp-block-group-is-layout-constrained">
<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>Oyó un pedazo de acallada voz.</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>No en el viento nocturno</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>cuando choca contra los árboles y los techos,</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>sino más adentro, en su rumor.</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>Para él ese era el verdadero sonido del viento;</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>la voz familiar que velaba su tiempo.</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh">                                       <strong>Joel Rojas Carrillo</strong></p>



<p>La culebra venía subiendo la cuesta preocupantemente rápido. Lo supimos porque unos vecinos pasaron en moto cerca de la bicha y ya, a una distancia bastante segura y alarmadísimos por ser conocedores de la especie, alertaron la presencia del animal, de lejitos, desde donde podían ver cuando alguien hiciera algo. “Rabo amarillo” le llaman a esa especie que se movía con el sigilo propio de un ser que debe sentirse desubicado, desplazado, subiendo por una cuesta de cemento que antes, no hace mucho, era monte: su monte. Pero el veneno de esta culebrita es rudo y mata de verdad verdad y lo hace rápido. Como no somos ni encantadores, ni amantes de serpientes, sino un par de padres preocupados porque la culebra viene directo para la casa donde estábamos cuatro niñas, una perrita pequeña, un gato ausente en ese momento y tres adultos que no parábamos de fumar y beber café, seguramente por culpa del frío de La Azulita, la decisión fue la más lamentable posible, pero también la más necesaria tomando en cuenta el hecho de que era de noche y nadie sabe para dónde agarran esas “bichas” cuando le quitas los ojos de encima. </p>
</div></div>



<p>Ambos somos caraqueños, pero ese rasgo identitario del origen de las personas, que no es más que parte de la imbecilidad humana, carece de valor pero no de mañas, porque cuando vi que la culebra se movía rápido, subiendo la cuesta como quien tiene una actitud decidida y sabe bien para dónde va, me paralicé y no supe si correr y mucho menos qué demonios estaba haciendo con el machete que había agarrado con el instinto de supervivencia y mi total ignorancia sobre cómo enfrentar a una culebra venenosa.</p>



<p>Pero Joel, sin un “ápice” de dudas, me arrebató el machete con el que no supe qué carajos hacer, más que quedarme quieto viendo pasar mi vida entera por la pantalla grande de mi miedo y viéndome dos días después, en mi futuro inmediatísimo, en un velorio a “tapa cerrada” por la hinchazón de la mordedura de la culebra; Joel se acercó con ambos machetes a enfrentar la amenaza que se detuvo y se preparó para dar pelea.</p>



<p>A unos cinco metros, en primera fila y cagado de miedo, presencié cuando Joel le lanzó el primer machetazo a la cabeza y falló, produciendo un chispazo provocado por el choque del metal con el cemento, como si fueran efectos especiales, pero no, era de verdaíta. Peligrosamente cerca, Joel le da un machetazo al piso del lado derecho de la culebra, porque es zurdo, y cuando la culebra se abrió hacia la izquierda, pero viendo a la derecha ¡juaz!, un machetazo limpio le separó la cabeza del cuerpo que quedó bailando la canción sin ritmo de la muerte. Luego, con un rápido y preciso movimiento, Joel recogió la cabeza de la culebra con la punta del machete y la lanzó al monte. En ese momento supe que este era otro Joel, que lo caraqueño se le mezcló con agua de montaña, que se había convertido en un montañés, en un carajo que pertenecía a eso, al monte y a las culebras, como se llama este libro.</p>



<p>Y es que al leer <em>Montes y culebras</em> es inevitable caminar verdor adentro, casi literalmente, en las cordilleras que los personajes tienen en el pecho, en la mala leche del trago que no debieron beber, o en la presencia de un hombre encorvado que cuelga de una pared como una sombra.</p>



<p>Este libro tiene, según mi lectura –que afortunadamente no será la de ningún otro– dos telones de fondo: en el primero es la montaña, territorio de introversión, ese lugar en el que los personajes se encierran con la voz en off de su propio eco y, en algunos casos, parecen fantasmas que se hablan ante un espejo, conjugando eso que sabemos de quienes viven en las montañas: que terminan hablando hacia adentro. Son personajes que se expresan con un discurso limpio y poético, pero sólo cuanto es necesario, ni una palabra de más, firmes en sus convicciones y triunfadores en su reino tranquilo, silencioso y frío.</p>



<p>En la segunda parte, <em>Culebras</em>, el escenario es la ciudad, pero nunca la <em>urbe</em>, si no un reflejo de la vida que la bordea: es la ruralidad y el barrio, los personajes que lo habitan y crean una experiencia en la que los hechos construyen la historia que se da afuera, en el hecho en sí y no tanto en el pensamiento, sino en los personajes mismos. La muerte, las leyendas, la salsa son asuntos corrientes del margen caraqueño y entonces, cambia el lenguaje, las voces que narran cambian de lugar, de tono, se nos enrostra una torre de Babel que muestra la interacción habitual y sincrética que conocemos de Caricuao, Las Rosas, Guatire o de La Juana.</p>



<p>Como Joel Rojas también es buen poeta, es imposible no ser alcanzado por el rayo de un verso preciso y exacto, perdido en algún párrafo, cuando terceros echan el cuento, y la jerga que habla de tiempos específicos se transforma en imágenes de la memoria del origen, del barrio que somos como lenguaje.</p>



<p>Dieciocho narraciones fermentadas en jugo de memoria, de experiencias de tierra y asfalto construidas con cuidado, con respeto, con contundencia. En <em>Montes y culebras </em>los personajes son tocados por el paisaje que habitan y actúan según las leyes que crea los puentes delgados entre geografía y gente, entre la expresión, lo que dicen y lo que hacen, porque el entorno es quien termina domando a medias lo que somos, dentro y fuera de los libros.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="681" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-681x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-1145" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-681x1024.jpeg 681w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-199x300.jpeg 199w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-768x1156.jpeg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel.jpeg 957w" sizes="(max-width: 681px) 100vw, 681px" /></figure>



<p class="has-small-font-size"><strong>Joel Rojas Carrillo</strong> (Caracas, 1973)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, escritor, editor. Es autor de los poemarios <em>Salmo al canto</em> (Fundarte, 2007), y <em>Árboles no son papeles</em> (Fundarte, 2021). Preparó y prologó la antología de poesía <em>Del pan y la canción</em> (La Estrella Roja, 2015). Es autor del guión para el cuento gráfico <em>Mr. Boland</em>, de Salvador Garmendia (El perro y la rana, 2015) y de la crónica ilustrada <em>Por aquí pasó Zamora,</em> de José León Tapia (El perro y la rana, 2017). Participó en la creación y desarrollo de las colecciones Armando Reverón, Fantomas y Juventudes Comandantes, de la Fundación Editorial El perro y la rana. <em>Montes y culebras</em> ganó el primer lugar en la X Bienal Nacional de Literatura Orlando Araujo (2022) y fue publicado por Monte Ávila Editores en 2023.</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Alejandro Silva Guevara</strong> (Caracas, 1972)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, editor, escritor y músico. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Se ha desempeñado como músico dentro y fuera del país. Fue productor general del Festival Mundial de Poesía de Venezuela y se desempeñó como coordinador general de estrategias de la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y como director ejecutivo de la Fundación Editorial el Perro y la rana.  Fue invitado como poeta a la Feria del Libro de la Habana, Cuba; al Festival Internacional de Poesía de Chile; a la Cátedra José Antonio Ramos Sucre, de la Universidad de Salamanca, España y al Festival Internacional de Poesía de Cartagena de Indias, en Colombia. Sus poemas han sido editados en varias antologías, entre ellas <em>Amanecieron de bala</em>, y <em>Son seis</em>. Su primer libro en solitario, <em>Humo</em>, fue publicado por la Fundación Editorial El Perro y la Rana en 2006 y fue merecedor de la Mención Honorífica en el Premio Nacional del Libro de Venezuela. Está por publicar sus libros <em>Per-verso, Lejuras y Casa. </em> Actualmente trabaja como editor, corrector, escritor y traductor independiente y como articulista en la revista científica popular <em>La Inventadera.</em></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Los dientes de Gabriel</title>
		<link>https://nilaediciones.com/los-dientes-de-gabriel/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Wilfredo Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Jan 2024 14:26:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[crítica literaria]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura latinoamericanos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://nilaediciones.com/?p=1125</guid>

					<description><![CDATA[<p>Gabriel Jiménez Emán lleva más de 50 años escribiendo cuentos de "extraordinaria belleza y sencillez", en palabras de otro gran narrador venezolano, Wilfredo Machado.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Conocí al escritor Gabriel Jiménez Emán a mediados de los años setenta en Mérida. En esa época la ciudad  era un hervidero de manifestaciones culturales extrañas para su tiempo, y que iban desde el movimiento hippie y la psicodelia hasta el primer festival piroaudiovisual de Venezuela; las grandes manifestaciones estudiantiles en la ciudad, no exentas, en ocasiones, de muertos o desaparecidos. El Valle, La Mano Poderosa, El Páramo de los Conejos, El Molino, eran puntos de convergencia de una magia de ensueño que podían equivaler a lugares distantes, en puntos de encuentro  paralelos a Katmandú, Xanadú o Tombuctú, lugares a los que solo se podía acceder a través de la puerta de los paraísos artificiales. Uno podía conseguir a la gente más estrafalaria y extraña en las montañas buscando el elíxir de la vida, el amor libre, la <em>Amanita muscaria</em> de los antiguos dioses y la Era de Acuario. A la par de ellas, eran también los tiempos de una Universidad combativa y rebelde que defendía sus derechos en la calle. Mérida era una ciudad pequeña, que iba de la pacatería religiosa al más absoluto cosmopolitismo, llena de vitalidad y de una intensa vida cultural por doquier. Buena parte de los eventos culturales más importantes, o los grandes artistas que venían a realizar presentaciones en Caracas, incluían a esa pequeña ciudad como parada obligatoria para un concierto o una conferencia. A esa pequeña urbe en medio de la Sierra Nevada, llegaba un joven recién venido de Europa, de cabellos largos y barba de fauno y que ya traía en su maltrecho equipaje de poeta y bohemio un pequeño libro de cuentos fantásticos: <em>Los dientes de Raquel,</em> cuya primera edición fuera publicada en 1973 por el sello editorial La draga y el dragón, del Catire Hernández D´Jesús. Hay que señalar, también, que estas ediciones albergaron buena parte de la obra de quienes conformaran la gran aventura ballenera.</p>



<p>Así que esta niña de dientes enormes que mordía manzanas y devoraba conciencias, vino a trastocar la apacible modorra de una narrativa que transitaba los aburridos y sedativos discursos de lo “nacional” (mal concebido), por un lado, y, por el otro, una apuesta experimentalista que acabó, ciertamente, agotada en sí misma.</p>



<p>De lo que se trata, y eso aquel escritor en ciernes lo sabía muy bien en su momento, era de transgredir los espacios de una realidad opresiva que colmaba la cultura nacional; pantagruelizar, ironizar la vida, ponerla al revés; patas arriba; en fin, nada que no hayan hecho los verdaderos creadores y artistas a lo largo de la historia: nadar contra la corriente hacia nuevas y esplendorosas islas de posibilidades.</p>



<p>De seguro no sabía Gabriel –ni Raquel– del enorme impulso que esa pequeña obra daría a la minificción venezolana y latinoamericana de su tiempo. Esos breves e irreverentes relatos destacaban nuevas formas discursivas y nuevos escenarios de la brevedad como planteamiento estético y filosófico. Saludada por la crítica, <em>Los dientes de Raquel</em> inauguraba una singular forma de narrar; limpia, educada, sin aspavientos, aparentemente formal, solo que dentro de esa formalidad latía una máquina precisa de relojería que se dirigía sin miramientos a dar un certero hachazo en el frágil cuello del lector. La década de los setenta, sin lugar a dudas, fue vital en la construcción de un imaginario de la brevedad. Languidecían las envejecidas vanguardias que vieron en el sueño y el absurdo un nuevo jardín para su cosecha de flores venenosas. Aunque ya en la década anterior obras como <em>El osario de Dios</em> (1969), extraña y fantasmal de Alfredo Armas Alfonso, o <em>Rajatabla</em> (1969) de Luis Britto García, solo para nombrar dos autores importantes que venían cultivando la brevedad como discurso. Si Armas Alfonso indagaba en las voces, tradiciones e historias populares de la fantasmagoría de los pueblos de la Cuenca del Unare y Britto García en la historia sociopolítica y cultural del país. Gabriel Jiménez Emán dirigía sus baterías (no bacterias dentales) hacia el asombro y el desconcierto, lo absurdo y lo paródico, la irónico y sorpresivo. Textos corrosivos como la sangre del <em>Alien </em>de Ridley Scott, nos seducen e interrogan a través de la mirada de una niña, que puede ser limpia y diáfana, pero también fatal y perversa. En sus manos se teje la ficción como en los brazos de Aracné. Además, Raquel tiene una hermanastra llamada “Lucía las amapolas y el sol”: «La casa estaba ahí, es cierto, hecha para ella, para que todas sus puertas se abrieran a las amapolas y al sol. Lucía también estaba allí, parada delante de sí misma, en la búsqueda de nuevas esencias. Todo construido con pedazos de hermoso fuego. Todo levantado de los otros nombres, porque esa Lucía de quien hablamos jamás ha estado delante de un jardín lleno de pájaros o mariposas, nunca ha tenido una amapola entre sus manos. Esa Lucía es solo el otro nombre de la Lucía que escribe, de la Lucía que fluye desde el fondo de lo que nunca ha sido. Y es ella, la prisionera de la que ahora deambula por ahí, entre las callejuelas oscuras, buscando una posible puerta que dé al sol».</p>



<p>Relatos como el de Lucía, o “El Sr. Scott mira un pájaro en el espejo” son textos de una extraordinaria belleza y sencillez que se aproximan a un verdadero sentido y sentir poético del relato. Cuando se escribe literatura de verdad no basta solo con contar. Muchos escritores se equivocan aquí. El lenguaje también es música. Y si no somos capaces de descubrir esa musicalidad de las palabras que habita en nosotros, entonces… estamos, irremediablemente, perdidos. Esta es una literatura de ideas irreverentes, juegos de espejos, sorpresas, situaciones límite absurdas, como tomar a una extraña y desconocida fruta y saber que va a explotar de un momento a otro.De lo que si podemos estar seguroses que de allí no saldrán ilesos. Algo en el alma de seguro les va a pesar más, nunca sabremos si la consciencia. Otras obras del universo de la brevedad como <em>Saltos sobre la soga</em> del año 1975 y <em>Los 1001 cuentos de 1 línea</em> solo vienen a confirmar el rigor y la fortaleza de un escritor que ha venido a lo largo de cincuenta años (y los que faltan) elaborando una obra vasta y diversa donde la brevedad es parte primordial y notoria. Ahora que los textos breves parecen una moneda común para el consumo cultural</p>



<p>A lo largo de cincuenta años Gabriel Jiménez Emán ha venido construyendo la obra de un verdadero polígrafo. Maestro indiscutible del cuento breve, ha cultivado diversos géneros como la novela, el ensayo, la poesía, la crónica, la ciencia ficción, la novela histórica, la entrevista, con no menos logros. Sin contar con sus traducciones de Bob Dylan, de Auden, de los Beatles y de tantos otros. Esa pequeña obra escrita apenas hace un decalustro, aún tiene muchas cosas que decir, pueden estar seguros.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="672" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/JIMENEZ-EMAN-672x1024.jpg" alt="" class="wp-image-1126" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/JIMENEZ-EMAN-672x1024.jpg 672w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/JIMENEZ-EMAN-197x300.jpg 197w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/JIMENEZ-EMAN-768x1170.jpg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/JIMENEZ-EMAN-1008x1536.jpg 1008w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/JIMENEZ-EMAN.jpg 1034w" sizes="(max-width: 672px) 100vw, 672px" /></figure>



<p class="has-small-font-size"><strong>Gabriel Jiménez Emán</strong> (Caracas, Venezuela, 1950).</p>



<p class="has-small-font-size">Narrador, poeta, ensayista, traductor y editor. Autor referencial del microrrelato en América Latina. Ha publicado libros de poesía y ensayo que le han hecho acreedor de varios reconocimientos en su país, como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal, el Premio Romero García de Narrativa, el Premio Solar de Ensayo (Mérida), el Premio Lazo Martí de Poesía, el Premio Nacional de Poesía de Monte Ávila Editores y el Premio Nacional de Literatura de Venezuela en 2019. Ha dirigido revistas literarias como Rendija, Imaginaria, Imagen y Fábula. Ha desarrollado una amplia labor de divulgación de la literatura y la cultura venezolana.</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Wilfredo Machado</strong>&nbsp;(Lara, Venezuela, 1956)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, narrador y editor. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA). Fue agregado cultural de Venezuela en Brasil. Ganador del concurso de cuentos de&nbsp;<em>El Nacional</em>&nbsp;en 1986; del Premio Municipal de Literatura en 1995 con&nbsp;<em>Libro de animales</em>; y del Premio de Narrativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2009. Entres sus obras destacan&nbsp;<em>Contracuerpo</em>&nbsp;(Fundarte, 1988),&nbsp;<em>Libros de animales</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 1994; Alfadil, 2003),&nbsp;<em>Poética del humo</em>&nbsp;(Fundación para la Cultura Urbana, 2003),&nbsp;<em>Diario de la gentepájaro</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2008),&nbsp;<em>Corazones sombríos y otras historias bizarras</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2015),&nbsp;<em>La noche de Prometeo</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2015),&nbsp;<em>El rey de los pobres</em>&nbsp;(Fundecem, 2017),&nbsp;<em>El pez de los sueños</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2022) y&nbsp;<em>Animalia y otros seres monstruosos</em>&nbsp;(Fundarte, 2023). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de cuentistas venezolanos e hispanoamericanos, algunos de ellos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, inglés, hebreo y búlgaro.</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/los-dientes-de-gabriel/">Los dientes de Gabriel</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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		<title>El cumpleaños del monstruo</title>
		<link>https://nilaediciones.com/el-cumpleanos-del-monstruo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Wilfredo Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Jul 2023 19:40:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Uno de los cuentos del libro inédito El humo solitario, de Wilfredo Machado, que será próximamente publicado por Nila Ediciones. </p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/el-cumpleanos-del-monstruo/">El cumpleaños del monstruo</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nunca en toda su vida había oído un sonido como ése. Era como si una enorme bestia antediluviana, armada de ruidos, estruendos potentes y surgida del mismísimo infierno, se hubiera puesto a gritar con todas sus fuerzas en medio de la noche. Su enorme cuerno bramando entre las sombras llenaba el aire de extraños acordes. Todos temblábamos sin saber por qué.&nbsp; La terrible onda se extendía por valles y sembradíos devastando todo a su paso, arruinando cosechas y ahuyentando a los animales de las comarcas vecinas que huían despavoridos. En la madrugada escuchó el graznido de los cuervos semejando una bandada de sombras temerosas. Ese amanecer, cuando salió al patio a vaciar su vejiga, vio nubes oscuras y lejanas viajando en dirección al poblado. Tal vez el apagón había sido ocasionado por alguna tormenta eléctrica, tan comunes en esta época del año. Por la mañana, luego del desayuno, se dirigió junto con su familia al pueblo, como todos los lunes; pero en esta ocasión sintió que algo extraño sucedía afuera. El mundo parecía haberse detenido. Por el camino encontró cientos de autos, camiones, motocicletas y vehículos de transporte pesado, abandonados en medio de la autopista. Se detuvo unos segundos para observar la línea de vehículos extendida como una serpiente lustrosa sobre la carretera, hasta donde alcanzaba la vista. Tuvo que tomar atajos y caminos alternos que ya nadie usaba para lograr llegar al próximo pueblo.&nbsp; Pero no vieron ni un alma en todo el trayecto.&nbsp; Se estacionó en el mismo lugar de siempre. La garita del vigilante estaba vacía. Colgó la llave del auto en el lugar acostumbrado. Recorrieron las calles vacías donde solo aullaba un viento feroz que helaba la sangre, buscando a alguien que pudiera explicarles ese nuevo fenómeno al que llamaban <em>ausencia</em>; la densa soledad que iba apoderándose de todo como un manto protector. En algún momento de ese nuevo asombro, cayeron en cuenta que no había otros seres en el poblado, tal vez en el mundo, más que ellos.</p>



<p>—Parece que somos los únicos aquí. Todos se han ido —susurró. ¿Te das cuenta? ¡El pueblo nos pertenece! Podemos tomar lo que queramos, sin pagar ni un centavo. No había terminado de hablar, cuando ella desapareció detrás de la puerta de una joyería, abrió las bandejas rompiéndolas con un bastón y tomando las joyas más costosas para colgarlas del cuello del perro con una gruesa cadena de oro. «Siempre había querido hacer esto». Él se marchó con un carrito de mercado para buscar efectivo en el banco, aunque no lo necesitara. Luego de horas de despilfarro y derroche, haciendo lo que les venía en gana, recorriendo tiendas y bares, se encontraron de nuevo en medio de la calle. Fue entonces cuando se acordaron del niño.</p>



<p>—¿No estaba contigo? ¿No te lo llevaste? —se recriminaron mutuamente. Aterrados, pensando lo peor, buscaron por todas partes, pero no lo encontraron. Cuando ya se rendían al llanto y a la desesperación, escucharon los ladridos desde un mall cercano. El animal parecía pedir ayuda. Siguieron al perro por escaleras y corredores en penumbras, hasta ingresar a lo que les pareció una enorme sala de cine. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se percataron de que no estaban solos. Cientos de personas, conectadas a terminales y sentadas en butacas de cuero, recibían instrucciones de una enorme pantalla de la que emanaba un zumbido infernal.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando logró rescatar al perro, perdido entre la multitud de piernas que colmaban el lugar, el niño lo abrazó y se escabulló velozmente de sus padres como una sombra. Al salir giró el seguro de la puerta con doble llave. En el vestíbulo lo aguardaban.</p>



<p>—¿Son los últimos? —preguntaron.</p>



<p>—Sí —respondió el niño moviendo la cabeza de arriba a abajo. Son los últimos. Solo una cosa más… ¿Puedo quedarme con el perro?</p>



<p>—Sí —dijeron, con lo que pareció ser una sonrisa de aprobación.&nbsp; Pero no te lo vayas a comer…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El niño abrió la puerta y se marchó feliz con la mascota. Detrás quedaron los extraños seres brillantes, de forma circular y con un apetito voraz e insaciable, discerniendo sobre cuál sería el mejor método de conservación de la carne humana. En ese momento los guardias trajeron a rastras a un hombre de contextura robusta y baja estatura, que se les antojó de una timidez edulcorada, pero a todos se les hizo agua la boca. El hombre se esmeraba cantando entre sollozos una triste versión del cumpleaños feliz, pero ya los monstruos, sin ningún tipo de etiqueta, se abalanzaban sobre él para devorarlo. Uno de ellos, más tarde, después de la increíble comilona, quiso encender las velitas, pero los restos de papilla y sangre húmeda sobre la mesa aún no terminaban de secarse.</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Wilfredo Machado</strong> (Lara, Venezuela, 1956)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, narrador y editor. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA). Fue agregado cultural de Venezuela en Brasil. Ganador del concurso de cuentos de <em>El Nacional</em> en 1986; del Premio Municipal de Literatura en 1995 con <em>Libro de animales</em>; y del Premio de Narrativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2009. Entres sus obras destacan <em>Contracuerpo</em> (Fundarte, 1988), <em>Libros de animales</em> (Monte Ávila Editores, 1994; Alfadil, 2003), <em>Poética del humo</em> (Fundación para la Cultura Urbana, 2003), <em>Diario de la gentepájaro</em> (Editorial El perro y la rana, 2008), <em>Corazones sombríos y otras historias bizarras</em> (Monte Ávila Editores, 2015), <em>La noche de Prometeo</em> (Editorial El perro y la rana, 2015), <em>El rey de los pobres</em> (Fundecem, 2017), <em>El pez de los sueños</em> (Monte Ávila Editores, 2022) y <em>Animalia y otros seres monstruosos</em> (Fundarte, 2023). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de cuentistas venezolanos e hispanoamericanos, algunos de ellos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, inglés, hebreo y búlgaro.</p>



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<p class="has-small-font-size">Fotografía: Wilfredo Machado</p>
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