Crónica de Crónicas de botiquín de Rúkleman Soto

Conocí a Rúkleman Soto en una tagüarita del centro de Caracas, un bar en el que durante unos años confluimos varias almas laborantes del centro de Caracas: La Indiecita. Me lo presentó José Roberto Duque, quien después de unas cuantas tandas (equivalente quizá a lo que hoy en día serían dos “tobos”), le pidió que me echara el “cuento del toro Jaime”. Esa noche, Carlos y yo nos enamoramos de Rúkleman. Su cuento de la inmolación fallida del toro Jaime y del gaucho enternecido que no pudo convertirlo en asado, nos hizo pasar de la carcajada al llanto y viceversa, y todo junto con mocos, hipo y privaciones de risa incluidos. Hizo lo suyo el alcohol, y la cara de placer de José Roberto que siempre goza reunir gente y sacar algo bueno de ello. Pero el cuento del toro Jaime es una joya, es una de esas construcciones narrativas que un autor ha amasado, paladeado, probado y ensayado hasta la filigrana. No tiene desperdicio alguno: las gradaciones de comedia y tragedia están balanceadas con intenciones afectivas y efectivas, logrando una señora crónica del hambre, la tenacidad y el humor venezolano en la década más fea del neoliberalismo adeco.

De esa noche en La Indiecita nació una amistad que se extiende como camadas de hijos brillantes que nos regala la tierra. Unos años después, leo la crónica del toro Jaime en el libro Crónicas de botiquín, ganador del Premio Stefania Mosca, mención Crónica 2024. Lo había leído en el borrador del libro, y luego al regresar a él sobre un libro impreso y bien galardonado, siento que relamo los dedos de la fortuna por haber conocido esa historia en la viva voz del autor y en el lugar indicado para su enunciación divina: un botiquín.

Todo cierra, todo cuadra, como una alineación planetaria. Porque, además, luego de conocer a Rúkleman aparecieron comunidades enteras de amigos compartidos. Hordas de afectos y de afinidades electivas. Muchas de ellas protagonistas de algunas de las crónicas del libro en cuestión. Y es que eso es lo sabroso de la crónica, que hay nombres y apellidos, horarios y calendarios. Y en estas crónicas, todos esos datos preciosos están atravesados o incrustados con afán de buen orfebre en una variedad de escenarios etílicos, la mayoría, eso sí, circunscritos a un ecosistema de bares que el autor militantemente llama PPT: populares, parroquianos y tradicionales.

El libro está compuesto por 12 crónicas, y un prefacio del autor donde nos cuenta su “epifanía sobre el encuentro entre crónica y botiquín”, por aquellos años donde comenzaba a incursionar en el mundo del periodismo gráfico (nuestro autor también es dibujante y caricaturista). Su vida transcurría entonces entre el taller del periódico El Nuevo País y el bar Hércules, donde seguramente se fraguaban, en las horas de la primera noche, las más lúcidas de las grillas noticiosas del día por venir.

Sobre el libro Crónicas de botiquín de Rukleman Soto. Una lectura cercana que indaga en la propuesta estética y antropológica de estas crónicas que viajan por bares emblemáticos de la venezolanidad.

Foto: Enrique Hernández

12 crónicas como 12 fueron los trabajos de Hércules. 12 crónicas que hacen gala de la memoria literaria del autor, de su pasión lectora, su melomanía, su conocimiento del territorio venezolano, de sus ciudades y poblados, y de su amor confeso y predilección expresa por la crónica como género mayor. Y es que sí, lo logra, estas crónicas son pequeños tratados de antropología, sociología, teoría literaria, y todas esas disciplinas que rodean al logos, pero expresadas con el desenfado poético de quien habla desde su tiempo y su nombre con generosidad y respeto por sus semejantes, habitantes de un país amado. “La crónica es un género dadivoso, capaz de entregarnos avances sobre el estado del alma de un pueblo”, dice el autor, y antes cita a Roque Dalton, y no solo cita a Roque Dalton, sino que cita la circunstancia de Roque Dalton, el bar U Fleku en Praga, donde el poeta escribiera su famoso libro Taberna y otros lugares.

Aquí la importancia diegética del botiquín. Y digo “diegética” para decir “el mundo”, el mundo que son los bares PPT (populares, parroquiales y tradicionales) para la textualidad que el autor logra en estas crónicas. Los bares, tabernas, botiquines, tascas o taguaras son rastreados, investigados y descritos desde una posición privilegiada de actor presente en la escena, en una suerte de etnografía que da cuenta de la importancia de su “constitucionalidad” en el alma de un pueblo, o en el pathos de una nación. Metodología de investigación de campo que el autor directamente llama: “la arqueología del beber”.

Recorremos Caracas y parte de Venezuela en la historia situada del cronista en bares que son escenario y tuétano de una forma de ser, decirnos y bebernos como pueblo. En el bar suceden la fiesta y el quebranto, la inspiración y la maledicencia, el brindis familiar o el flirteo clandestino. Se planean revoluciones en el bar, también se pierden. En esta territorialidad mapeada el cronista entrelaza sus hallazgos acerca de la idiosincrasia venezolana, con sus propias utopías y esperanzas, y con la concreción humana de todo ello en personas/personajes, que bien representan en su tránsito vital a un pedazo de historia de la comunidad de afectos que constituyen “el alma de un pueblo”.

En esta faena de lectura me hallo en una de las crónicas, y paso de la rememoración de aquel primer cuento del toro Jaime en el bar La Indiecita, a ser coprotagonista de la diégesis del bar La Castela, aquella noche generosa cuando el poeta Gustavo Pereira mandó a pagar la cuenta a más de 300 kilómetros. Y caigo en cuenta de que con Rúkleman todo puede ser escrito. Al fin y al cabo, esa es la savia de un verdadero escritor, convertir la anécdota cotidiana de cualquier ser viviente y el entorno que lo sostiene, en una historia digna de ser contada y degustada como un buen elixir espirituoso.

Finalmente, el libro abre una posibilidad de análisis que hemos estado rumiando dada la cada vez más acelerada gentrificación de las ciudades, o este fenómeno de chuparle el alma a los lugares para transformarlos en asépticos sitios sin hedor ni color. Caso reciente y evidentísimo el de la tasca El Alaska por Bellas Artes, que se ha convertido en un verdadero no-lugar de los de Marc Augé, un estadio de un pasaje rápido, un momento sin pena ni gloria de cualquier transeúnte, ahora preferiblemente “turista”. Es decir, El Alaska se convirtió en un pequeño aeropuerto descolgado en una de las esquinas que fuera de las más bizarras y singulares de Caracas.

Siguiendo con la toma del objeto cronístico como objeto de estudio para próximas tesis o debates en el campo de estudio, es decir, en lo botiquines mismos, también comentábamos que esta otra estrategia de redituar lo bares de la ciudad en rutas turísticas no está tan mal porque de algo debe sostenerse la economía etílica en tiempos tan difíciles para el país. Pero no deja de retumbar en la cabeza esa posibilidad de que también se les chupe el alma y se conviertan en lugares a los que pueda acceder exclusivamente una clase pudiente, que por le general deviene turista. Pienso en La Bodeguita del Medio de La Habana, por ejemplo, donde no se puede entrar de tanto culo blanco y melena amarilla que taponean los pasillos. Por eso creo, soñadoramente, que estas Crónicas de botiquín aportan una mirada necesaria, formada y afectiva, a nuevas maneras de pensar políticas públicas, estrategias de sostenibilidad y apoyo, o simplemente ideas para que nuestros bares patrimoniales, esos que siguen guardando la historia de venezolanos y venezolanas que los fundaron y los siguen visitando no deban cerrar puertas ni transformarse en límpidos zombis del capital.

Lean estas crónicas, gócenlas, y déjense convencer por la voz autoral, con toda la propiedad que le da el trabajo investigativo in situ, de que estos bares maravillosos guardan episodios clave de la historia que nos conforma como venezolanos y venezolanas, como seres humanos, como pobres y hermosos despechados o como eufóricos celebrantes, sin más finalidad que la de seguir creyendo que hay motivos para reunirnos y bendecir la continuidad en crecida de nuestra comunidad de afectos.

Foto: Enrique Hernández

Giordana García Sojo (Mérida, Venezuela). Licenciada en Letras por la Universidad de Los Andes, con posgrados en Antropología Social y Derechos Culturales. Ha ocupado altos cargos de diseño y ejecución de políticas públicas del libro y la lectura. Actualmente se dedica a la promoción y gestión editorial a través de Nila Ediciones. Es compiladora y coautora de obras de análisis político, como Venezuela, vórtice de la guerra del siglo XXI (2020) y de los poemarios Bajo el rezo animal (2023), Diarios de flote (2025) y Dinero y otros poemas (2025).

Publicaciones Similares