Ardor y reconstitución en «Cuerpo quebrado lumbre» de Esmeralda Torres
El tigre nombra y al nombrar no renuncia a su fiereza, pero acepta la dualidad de dureza y suavidad que trasciende la ética del bien y el mal, ética que dicta todas las polaridades, las cuales se desconciertan en la pureza impura de la perfección imperfecta. Desde el principio, Esmeralda Torres narra la historia del mundo en un afán de rememorar sutilmente sabidurías primigenias, sagradas escrituras, la constante contienda entre luz y tinieblas. Verso dulce que habla de lo amargo, verso apacible que contiene la rispidez, suavidad que aspira a través de las palabras exorcizar el dolor y transformarlo en sosiego, belleza y amor.
El sujeto lírico se disemina en voces infinitas que hablan desde un sueño-realidad. Lo onírico es material intrínseco. Más que la sensación de una atmósfera onírica, lo que en verdad percibimos es un escenario donde las voces emergen del sueño y se proyectan en la realidad. La poeta llama la atención de que todo comienza allí donde dureza y deseo se confunden, acaso el principio de un camino errático que debemos reconocer y restaurar.
Y en ese camino el cuerpo se quiebra, se fragmenta, sus partes buscan saciar su propia sed, sentir de manera diferente, aun cuando es inevitable su parentesco, aun cuando se advierte que lo ocultan “en jadeos constantes”, cuerpo quebrado como representación del caos, de la desunión, de la inconformidad, pero también de la independencia, de la anarquía del espíritu, de la irreverencia de su recipiente. Y en el camino aparece Barquera, personaje protagónico, símbolo del viaje como búsqueda, como travesía agónica hacia la lumbre perdida que el cuerpo quebrado ha de recuperar en pos de la armonía, y Barquera se debate entre olvido y recuerdo, entre angustia y alivio, entre muerte y resurrección, entre bestia y ángel, entre renuncia y afán.
Sin embargo, ella sabe que “no hay tiempo para fundar en otra parte”, que es aquí y ahora lugar y tiempo para que la frescura del agua permanezca como deseo infinito. Y entonces surge un puñado de preguntas: ¿es Barquera un ser humano, una criatura fantástica, una semidiosa? ¿Es el resultado de un destino que se resiste a suceder como ha sido trazado? ¿Es criatura confusa y confundida cuya anomalía radica en las vicisitudes, en el intento irracional de olvidarlas? Y, aun así, hay una respuesta: “No se deja al descuido un regalo precioso”, y luego reafirma: “La escritura restaura los cuerpos desmembrados”.
Sin lugar a dudas, Esmeralda apuesta por la poesía, por el poder de la palabra, por la escritura como vehículo de entendimiento, de superación de las tribulaciones, y al mismo tiempo, como memoria del horror, de los errores, de la barbarie, no como simple recordación, sino como análisis y terapia de lo que ha de reponerse. Y, por supuesto, no es solo Barquera su alter ego sino también una voz coral del padecimiento colectivo: en su barca se reúnen seres de todas las latitudes en la sempiterna búsqueda de la solución a los problemas esenciales de la humanidad.
Mientras Barquera avanza, también nos percatamos de la indiferencia, la indolencia, el egoísmo, todos los flagelos que enturbian las aguas. Hay momentos de duda, en los que la salvación parece imposible, hay “días pájaro muerto, días incendio, días arroyo seco, días temblor, días muerte, días nunca, días cuerpo caído”. No obstante, ante la desesperanza, la palabra asume su papel en una especie de dualidad que implica, por una parte, el testimonio; por otra, el acto de fe.
Cuerpo quebrado lumbre es un poema-libro conformado por los que pudiéramos llamar subpoemas, es decir, textos muy definidos que son partes inseparables del poemario. Digo “textos muy definidos” porque cada uno ostenta su autonomía, pero también cada uno está escrito en función de enriquecer la historia de Baquera, historia que, a pesar de mantener el hálito de la poesía, de priorizar la síntesis y la sugerencia, de no visibilizar la trama y las subtramas, de evitar cualquier desborde narrativo, tiene principio y fin como cualquier cuento, novela u obra de teatro, amén de una dramaturgia muy consolidada. El poemario está dividido en tres secciones, de la misma manera que su título ha sido fragmentado para nombrar cada una de ellas, y así aparecen en el mismo orden: Cuerpo, Quebrado y Lumbre.
Ello explica la intención de la autora de concebir una estructura poética y revela su condición de libro, cuerpo que no solo ha reunido poemas afines, sino que también, para su total existencia, le ha sido imprescindible cada palabra, cada verso, cada estrofa. La poesía aquí fluye como esa conversación en la penumbra de la que hablara Eliseo Diego. En un tono calmado se escuchan los versos, tono que responde al ambiente que la autora ha dispuesto.
Si bien la lumbre es destructiva, también es necesaria y útil. Representa todo aquello que ha ardido, que se ha pulverizado. Pero también es la llama que ilumina las almas y los cuerpos que luchan por no quebrase, por recomponerse, que esperan a que Barquera abra una hendija en el aire y les traiga un poco de luz y de fe.

Israel Domínguez (Cuba, 1973). Poeta y traductor literario. Licenciado en Lengua Inglesa. Miembro de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba desde el año 2002. Es autor de más de una veintena de poemarios, entre los que destacan: Como si la muerte hubiera sido un sueño, Poemas tempranos, Hojas de cal, Sobre un fondo de arena, Después de acompañar a William Jones, Viaje de regreso y Return Trip (The Operating System). Ha recibido los premios Calendario, en 1999, José Jacinto Milanés (2000), Dador (2005) y de Poesía La Gaceta de Cuba, y las medallas por los aniversarios 20 y 25 de la Asociación Hermanos Saíz y 60 de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
