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	<title>narrativa archivos - NILA ediciones</title>
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	<description>acontecimientos de sentido</description>
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	<title>narrativa archivos - NILA ediciones</title>
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		<title>Mi tío</title>
		<link>https://nilaediciones.com/mi-tio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Chico Buarque]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 28 Feb 2026 16:11:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>"Mi tío", cuento de Chico Buarque traducido al español por el narrador venezolano Wilfredo Machado</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/mi-tio/">Mi tío</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Mi tío vino a buscarme en casa con su carro nuevo. No acostumbraba a subir, pero esta vez traía una encomienda para mi madre. Como siempre sucedía en estos casos, papá se hizo el dormido en el cuarto. Mamá recibió a mi tío de dos besitos. Le ofreció café, agua, pan de queso; pero en casa, él se sentía incómodo, aprensivo. Así que los besitos de bienvenida, también valieron como despedida, y casi ni tuve tiempo de revisar mi bolso. Mi tío lucía más joven sin sus lentes oscuros, que solo se quitó para bajar los dos tramos de escaleras con los bombillos rotos. Se quejó de que el ascensor viviera dañado, aunque para finales de año pensábamos mudarnos para un apartamento mejor en un barrio distinguido. Mamá haría dulcería, ya que desde niña la señora era&nbsp; terca y orgullosa, pero acabaría cediendo. Papá nunca rechazaría un ascenso; según mi tío y yo sería la más afortunada, puesto que viviría cerca de la playa.</p>



<p>Su nuevo carro era una SUB Pajero 4 x 4 inmensamente blanca como una ambulancia, que ocupaba toda la acera en frente de mi edificio. Quien quisiera circular por allí tenía que saltar a la calle y andar unos cincos metros pegado al bordillo. Por eso, cuando los viejos paseantes nos vieron, pusieron cara de pocos amigos. Mi tío siempre repetía que la envidia era una mierda, aunque la muchachada del barrio verdaderamente admiraba sus carros, desde el día en que se apareció con un Mini Cooper convertible. Ahora venían acompañando nuestra marcha lenta por las calles estrechas del barrio. Algunos iban adelante, como abriéndonos camino, verificando nuestro paso entre los carros viejos y las carcasas de autos mal estacionados a ambos lados de la calle. Cuando desembocamos en la avenida, festejaron dándole palmaditas a la carrocería. Pero ya dentro del túnel, mi tío intentó recuperar el tiempo perdido. Aceleró a ciento veinte, ciento cuarenta por hora, pasando de un canal a otro con la mano aferrada a la corneta. Solo dejó de tocarla cuando salimos del túnel y ya no servía tanto. Mi tío se detuvo para abastecer en una estación de servicio de La Laguna. Mandó a llenar el tanque con <em>diésel</em>, después cerró la ventana y puso la música a todo volumen. Cada sacudida del <em>funky </em>golpeaba como un corazón bombeando con fuerza. Parecía una masa de aire inflándose dentro del carro, al punto de romper los vidrios blindados.</p>



<p>En ese momento, no se dio cuenta de que el dependiente lo aguardaba con la maquinita de las tarjetas de crédito. Sacó del bolsillo de la chaqueta un billete de cien reales y mandó a calibrar los neumáticos y guardarse el cambio. Antes de partir, resolvió pedir también unas cervezas y un helado de uva, mi favorito. El dependiente no podía abandonar la estación de servicios, pero por un billete de cincuenta reales, dio un salto raudo a la tienda de conveniencia.</p>



<p>En la Barra de Tijuca, mi tío iría a mil por hora, por si acaso tomara una ola de verdes en los semáforos. Pero cada quinientos metros tenía que reducir la velocidad, porque las luces cambiaban: unas sí, otras no. Un poco antes de la Estatua de la Libertad, tuvo que frenar bruscamente: malabaristas y vendedores ambulantes ocuparon el cruce peatonal en el mismo instante en que el semáforo se puso en rojo. Los jóvenes armaban pirámides humanas a fin de exhibir sus destrezas con las pelotas de tennis. Los hombres limpiaban los parabrisas y colgaban bolsitas de caramelos en el espejo retrovisor. Mi tío fijaba su atención en la luz roja, mientras tamborileaba sobre el volante para calmarse. Luego de un momento, movió la cabeza y señaló con la barbilla a un vendedor de periquitos. «Pero no teníamos tiempo», dijo. El vendedor venía atravesando el cruce de forma tranquila, moviéndose con tres jaulas en cada mano. Pero una vez que la luz cambió, mi tío arrancó con el carro con tanta brusquedad como se había detenido. Golpeó el brazo izquierdo del vendedor, derribando las jaulas. Aún volteé atrás imaginando un revuelo de periquitos, pero no sucedió.</p>



<p>La playa de Grumari, al final de la Barra, estaba super llena, a pesar de ser día de semana. Mi tío se estacionó en el primer puesto que encontró, sin complicaciones. Un cuidador vino a avisarle que esa era la salida de otros carros, pero él no le prestó atención. Fuimos a sentarnos en una caseta, donde pidió cerveza, una Cocacola y una docena de ostras. Él me había dado a probar las ostras, que comía chupando la concha hasta el pendúnculo. Insistió para que fuera a tomar un baño, aunque él mismo ni siquiera se quitaba la chaqueta de nylon, con todo y ese calor. Me saqué el vestido por la cabeza y me quedé con el bikini amarillo que me había regalado para mi cumpleaños. Fui a darme una zambullida y ya en medio del mar escuché un estruendo enorme de cornetas. Cuando volteé para la caseta, vi a mi tío, allá arriba, caminando despacio en dirección al estacionamiento. Vi a tres hombres gesticulando en su contra, pero no se escuchaba lo que gritaban. Tampoco sé lo que les dijo cuando los enfrentó, pero en seguida le dieron la espalda y se fueron a recoger. Mi tío todavía fue atrás de ellos, señalándolos con el dedo, como acusándolos, luego regresó a la caseta y pidió otra cerveza. Me sugirió que me diera otro chapuzón y me acompañó hasta la orilla, mojándose la suela de sus tennis de plataforma. Cuando salí del agua me dijo que tenía muchas ganas de comerse mi rabito. Me preguntó si quería algo más,&nbsp; pagó la cuenta, mientras pedía al mesonero un litro de agua mineral, pusó su mano sobre mi hombro camino del auto. “La envidia es una mierda”, debe haber pensado al ver a los choferes trancados que aguardaban cabizbajos y con cara de pocos amigos. Me lavé los pies con el agua mineral, sacudí la arena de mi vestido y forré con él el asiento del carro, antes de sentarme con el bikini todavía mojado.</p>



<p>No lejos de la playa, mi tío entró en una calle muy desigual. Del lado izquierdo era una calle residencial con edificios de cuatro pisos, garajes, garitas, portero, de todo. Del lado derecho parecía más un barrio de casas torcidas, sin pintura, aptas para cualquier tipo de comercio. En la acera de un botiquín había personas bebiendo cervezas en mesas amarillentas de plástico. Mi tío se estacionó allí&nbsp; y comenzó a tocar la corneta. Las personas movieron sillas y mesas, abriendo espacio para que mi tío pudiera estacionarse sobre la acera. Comenzó de nuevo a tocar la corneta&nbsp; sin bajarse del carro, hasta que del otro lado de la calle comenzaron a aparecer los obreros de una construcción. Eran una docena, y así de pronto, parecía que habían bajado para un partido de fútbol: mitad sin camisa, y la otra mitad con la camisa del Flamengo. El edificio estaba en fase de entrega, con una fachada de azulejos que lo distinguía de la de sus vecinos, y dos pisos extras que se extendían casi hasta el borde de la acera. Mi tío salió del carro y abrió la maletera de donde sacó una bolsa de supermercado. Llamó a cada trabajador por su nombre y distribuyó los fajo de billetes que ellos tomaron con prisa, sin siquiera agradecer. Luego cruzó los brazos mientras contaban los billetes. De allí se subió al carro y partió, a fin de tomar la avenida principal en dirección a la ciudad.</p>



<p>En el primer semáforo en rojo, un motociclista se detuvo a la izquierda del carro de mi tío. Era una moto potente y el conductor miraba la Pajero de arriba a abajo, mientras hacía rugir el motor. En ese momento tuve la impresión de que me observaba, aunque la película del vidrio lateral impedía que pudiera ver adentro. Mi tío empezó a tamborilear sobre el volante, espiando con el rabo del ojo al motociclista, quien lucía rudo, y hasta más alto que nuestro carro. Entonces el motociclista avanzó medio metro y ahora sí, si quería podría ver mis piernas por el vidrio transparente de enfrente. A través del visor de su casco pude ver sus ojos verdes claro. Ahí mi tío golpeó el tablero y avanzó un metro, invadiendo el rayado. En el momento que el motociclista advirtió el cambio de luz, arrancó con gran ímpetu. Pero el motor de mi tío era más potente y luego de cruzar la siguiente luz amarilla, lo alcanzó casi a doscientos kilómetros por hora, con el motociclista a la derecha, muy cerca de mí. Mi tío comenzó a cerrarle el paso a la moto al final de la avenida. De pronto, el conductor&nbsp; sacó de la alforja una barra de hierro. Golpeó una, dos y tres veces el capó del auto, pero a la cuarta falló el golpe, haciéndolo perder el equilibrio. Mi tío con un ligero golpe de volante, acabó de empujar la moto hacia las jardineras. Miré atrás y vi la moto capotar cuatro veces sobre el gramado con el motociclista abrazado a ella.</p>



<p>Por suerte, más adelante estaba la concensionaria Mitsubichi donde mi tío había comprado la Pajero hacia apenas una semana. Al bajarse, un vendedor con una mascarilla de Covid&nbsp; lo saludó. Interrumpió al vendedor para que dejara al otro cliente que parecía interesado en un Sedán, y le mostró los golpes. Con rostro compungido el vendedor pasó su mano por el capó como quien soba un caballo. Mi tío necesitaba un carro de reserva mientras reparaban el suyo. El vendedor le pidió unos minutos para ver qué vehículos tenía en servicio. Pero mi tío exigió un modelo igual al suyo, como aquel blanco de la vitrina. Pero, de acuerdo al vendedor, ese solo podia usarse para una prueba de manejo y por un máximo de media hora. Mi tío alzó la voz, llamó estúpido al sujeto y preguntó por el gerente. Respiró profundo y me dio dos billetes de cien reales para que fuera a la farmacia de al lado. Él no podía ir personalmente porque era bastante conocido en el barrio y no se vería bien comprando viagra frente al mostrador de una farmacia. El farmacéutico, extrañado, que me vendió el remedio, también usaba mascarilla. Incluso, los clientes alrededor que usaban tapabocas, podía verse que se reían de mí. Deben haber pensado que solo una muchacha muy suburbana va de compras en bikini. De regreso al consecionario encontré a mi tío conversando con el gerente, quien usaba una mascarilla semejante a un pico de tucán. El vendedor trajo el auto que estaba en el exhibidor, idéntico al nuestro, pero sin placas.</p>



<p>En la Suite Premium del motel Dunas, mi tío pidió un balde de cervezas, una Coca Cola y dos hambuguesas con queso. Encendió el televisor y después de lonchar me mandó a que tomara un baño en el jacuzzi. Todavía estaba enjuagándome cuando me empujó hacia la cama. Se comió mi rabito sin siquiera quitarse los lentes oscuros, mientras me mordía la cabeza. Luego se tendió a mi lado y estuvo un buen tiempo acariciando mis cabellos lisos, que ni los de mamá. Después me contó en secreto su nuevo proyecto: la compra de un avión. Me prometió que sería la primera en volar con él. Nombró varios destinos en el nordeste y en el exterior; sus palabras se fueron haciendo cada vez más lentas hasta quedarse dormido. Cambié el canal de televisión de una porno para una serie americana que ya había visto, pero que no recordaba bien. Solo en el tercer epidodio mi tío se despertó asustado y me gritó porque lo había dejado dormir más de la cuenta. Dijo que podia tener problemas en casa. Pagó la factura con varios billetes de cien. Salió retrocediendo del estacionamiento que estaba lleno, y raspó el parachoque delantero con una pared. Como vivía por ahí mismo en La Barra, me dejó en la avenida y me dio suficiente dinero para el taxi.</p>



<p>En casa, mi mamá abrió el bolso y revisó el envoltorio sin abrir del preservativo. Dijo que estaba harta de decirnos que si la mujer no se avispa, ningún hombre usaría preservativo. Y que solo faltaría que me preñara, pues mi tío estaba casado y no quiero problemas con su esposa. Según papá, yo le haría un enorme favor a mi tío si lo librara de aquella piraña. Fuera como fuera, para mi mamá, mi tío pagaría un aborto y nunca se casaría conmigo. Pero papá me garantizó que nadie me obligaría a abortar, ni siquiera mi tío con todo su poder. Mamá dijo que no fue criada para darle un nieto que fuera al mismo tiempo su sobrino. Sin contar que parientes consanguineos a veces procrean hijos tarados. Pero mi padre dice que no siempre sucede así.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="754" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-754x1024.jpg" alt="Presentamos el cuento &quot;Mi tío&quot;, de Chico Buarque, traducido al español por el narrador venezolano Wilfredo Machado." class="wp-image-1420" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-754x1024.jpg 754w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-221x300.jpg 221w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-768x1043.jpg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-1131x1536.jpg 1131w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-1508x2048.jpg 1508w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-1320x1793.jpg 1320w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2026/02/IMG_20260226_140401-scaled.jpg 1885w" sizes="(max-width: 754px) 100vw, 754px" /></figure>



<p>Del libro <em>Años de plomo y otros cuentos.</em></p>



<p>Traducción de Wilfredo Machado.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Chico Buarque</strong> (Río de Janeiro, 1944). Es mucho más que el emblema de la música popular brasileña. Hijo del historiador Sérgio Buarque de Holanda, Chico creció en un ambiente intelectual que moldeó su capacidad para diseccionar la realidad social y emocional de Brasil. Aunque su fama mundial llegó con la guitarra y letras como «Construção», su trayectoria literaria lo ha consolidado como uno de los narradores contemporáneos más sofisticados en lengua portuguesa. En 2019 fue galardonado con el Premio Camões. Entre sus principales títulos destacan: <em>Estorvo</em> (1991), <em>Benjamim</em> (1995), <em>Budapeste</em> (2003), <em>Leite derramado</em> (2009), O <em>Irmão Alemão</em> (2014) y <em>Essa Gente</em> (2019).</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Wilfredo Machado</strong>&nbsp;(Barquisimeto, Venezuela, 1956). Poeta, narrador y editor. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA). Fue agregado cultural de Venezuela en Brasil. Ganador del concurso de cuentos de&nbsp;<em>El Nacional</em>&nbsp;en 1986; del Premio Municipal de Literatura en 1995 con&nbsp;<em>Libro de animales</em>; y del Premio de Narrativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2009. Entres sus obras destacan&nbsp;<em>Contracuerpo</em>&nbsp;(Fundarte, 1988),&nbsp;<em>Libros de animales</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 1994; Alfadil, 2003),&nbsp;<em>Poética del humo</em>&nbsp;(Fundación para la Cultura Urbana, 2003),&nbsp;<em>Diario de la gentepájaro</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2008),&nbsp;<em>Corazones sombríos y otras historias bizarras</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2015),&nbsp;<em>La noche de Prometeo</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2015),&nbsp;<em>El rey de los pobres</em>&nbsp;(Fundecem, 2017),&nbsp;<em>El pez de los sueños</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2022) y&nbsp;<em>Animalia y otros seres monstruosos</em>&nbsp;(Fundarte, 2023). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de cuentistas venezolanos e hispanoamericanos, algunos de ellos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, inglés, hebreo y búlgaro.</p>



<p></p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/mi-tio/">Mi tío</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Crónica de Crónicas de botiquín de Rúkleman Soto</title>
		<link>https://nilaediciones.com/cronica-de-cronicas-de-botiquin-de-rukleman-soto/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Giordana García Sojo]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Dec 2025 19:02:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sobre el libro Crónicas de botiquín de Rukleman Soto. Una lectura cercana que indaga en la propuesta estética y antropológica de estas crónicas apasionadas  por los bares emblemáticos de la venezolanidad.</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/cronica-de-cronicas-de-botiquin-de-rukleman-soto/">Crónica de Crónicas de botiquín de Rúkleman Soto</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Conocí a Rúkleman Soto en una tagüarita del centro de Caracas, un bar en el que durante unos años confluimos varias almas laborantes del centro de Caracas: La Indiecita. Me lo presentó José Roberto Duque, quien después de unas cuantas tandas (equivalente quizá a lo que hoy en día serían dos “tobos”), le pidió que me echara el “cuento del toro Jaime”. Esa noche, Carlos y yo nos enamoramos de Rúkleman. Su cuento de la inmolación fallida del toro Jaime y del gaucho enternecido que no pudo convertirlo en asado, nos hizo pasar de la carcajada al llanto y viceversa, y todo junto con mocos, hipo y privaciones de risa incluidos. Hizo lo suyo el alcohol, y la cara de placer de José Roberto que siempre goza reunir gente y sacar algo bueno de ello. Pero el cuento del toro Jaime es una joya, es una de esas construcciones narrativas que un autor ha amasado, paladeado, probado y ensayado hasta la filigrana. No tiene desperdicio alguno: las gradaciones de comedia y tragedia están balanceadas con intenciones afectivas y efectivas, logrando una señora crónica del hambre, la tenacidad y el humor venezolano en la década más fea del neoliberalismo adeco.</p>



<p>De esa noche en La Indiecita nació una amistad que se extiende como camadas de hijos brillantes que nos regala la tierra. Unos años después, leo la crónica del toro Jaime en el libro <em>Crónicas de botiquín,</em> ganador del Premio Stefania Mosca, mención Crónica 2024. Lo había leído en el borrador del libro, y luego al regresar a él sobre un libro impreso y bien galardonado, siento que relamo los dedos de la fortuna por haber conocido esa historia en la viva voz del autor y en el lugar indicado para su enunciación divina: un botiquín.</p>



<p>Todo cierra, todo cuadra, como una alineación planetaria. Porque, además, luego de conocer a Rúkleman aparecieron comunidades enteras de amigos compartidos. Hordas de afectos y de afinidades electivas. Muchas de ellas protagonistas de algunas de las crónicas del libro en cuestión. Y es que eso es lo sabroso de la crónica, que hay nombres y apellidos, horarios y calendarios. Y en estas crónicas, todos esos datos preciosos están atravesados o incrustados con afán de buen orfebre en una variedad de escenarios etílicos, la mayoría, eso sí, circunscritos a un ecosistema de bares que el autor militantemente llama PPT: populares, parroquianos y tradicionales.</p>



<p>El libro está compuesto por 12 crónicas, y un prefacio del autor donde nos cuenta su “epifanía sobre el encuentro entre crónica y botiquín”, por aquellos años donde comenzaba a incursionar en el mundo del periodismo gráfico (nuestro autor también es dibujante y caricaturista). Su vida transcurría entonces entre el taller del periódico <em>El Nuevo País</em> y el bar Hércules, donde seguramente se fraguaban, en las horas de la primera noche, las más lúcidas de las grillas noticiosas del día por venir.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="685" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/Rule-foto-685x1024.jpg" alt="Sobre el libro Crónicas de botiquín de Rukleman Soto. Una lectura cercana que indaga en la propuesta estética y antropológica de estas crónicas que viajan por bares emblemáticos de la venezolanidad." class="wp-image-1393" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/Rule-foto-685x1024.jpg 685w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/Rule-foto-201x300.jpg 201w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/Rule-foto-768x1148.jpg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/Rule-foto.jpg 856w" sizes="(max-width: 685px) 100vw, 685px" /></figure>



<p class="has-small-font-size">Foto: Enrique Hernández</p>



<p>12 crónicas como 12 fueron los trabajos de Hércules. 12 crónicas que hacen gala de la memoria literaria del autor, de su pasión lectora, su melomanía, su conocimiento del territorio venezolano, de sus ciudades y poblados, y de su amor confeso y predilección expresa por la crónica como género mayor. Y es que sí, lo logra, estas crónicas son pequeños tratados de antropología, sociología, teoría literaria, y todas esas disciplinas que rodean al logos, pero expresadas con el desenfado poético de quien habla desde su tiempo y su nombre con generosidad y respeto por sus semejantes, habitantes de un país amado. “La crónica es un género dadivoso, capaz de entregarnos avances sobre el estado del alma de un pueblo”, dice el autor, y antes cita a Roque Dalton, y no solo cita a Roque Dalton, sino que cita la circunstancia de Roque Dalton, el bar U Fleku en Praga, donde el poeta escribiera su famoso libro <em>Taberna y otros lugares.</em></p>



<p>Aquí la importancia diegética del botiquín. Y digo “diegética” para decir “el mundo”, el mundo que son los bares PPT (populares, parroquiales y tradicionales) para la textualidad que el autor logra en estas crónicas. Los bares, tabernas, botiquines, tascas o taguaras son rastreados, investigados y descritos desde una posición privilegiada de actor presente en la escena, en una suerte de etnografía que da cuenta de la importancia de su “constitucionalidad” en el alma de un pueblo, o en el <em>pathos</em> de una nación. Metodología de investigación de campo que el autor directamente llama: “la arqueología del beber”.</p>



<p>Recorremos Caracas y parte de Venezuela en la historia situada del cronista en bares que son escenario y tuétano de una forma de ser, decirnos y bebernos como pueblo. En el bar suceden la fiesta y el quebranto, la inspiración y la maledicencia, el brindis familiar o el flirteo clandestino. Se planean revoluciones en el bar, también se pierden. En esta territorialidad mapeada el cronista entrelaza sus hallazgos acerca de la idiosincrasia venezolana, con sus propias utopías y esperanzas, y con la concreción humana de todo ello en personas/personajes, que bien representan en su tránsito vital a un pedazo de historia de la comunidad de afectos que constituyen “el alma de un pueblo”.</p>



<p>En esta faena de lectura me hallo en una de las crónicas, y paso de la rememoración de aquel primer cuento del toro Jaime en el bar La Indiecita, a ser coprotagonista de la diégesis del bar La Castela, aquella noche generosa cuando el poeta Gustavo Pereira mandó a pagar la cuenta a más de 300 kilómetros. Y caigo en cuenta de que con Rúkleman todo puede ser escrito. Al fin y al cabo, esa es la savia de un verdadero escritor, convertir la anécdota cotidiana de cualquier ser viviente y el entorno que lo sostiene, en una historia digna de ser contada y degustada como un buen elixir espirituoso.</p>



<p>Finalmente, el libro abre una posibilidad de análisis que hemos estado rumiando dada la cada vez más acelerada gentrificación de las ciudades, o este fenómeno de chuparle el alma a los lugares para transformarlos en asépticos sitios sin hedor ni color. Caso reciente y evidentísimo el de la tasca El Alaska por Bellas Artes, que se ha convertido en un verdadero no-lugar de los de Marc Augé, un estadio de un pasaje rápido, un momento sin pena ni gloria de cualquier transeúnte, ahora preferiblemente “turista”. Es decir, El Alaska se convirtió en un pequeño aeropuerto descolgado en una de las esquinas que fuera de las más bizarras y singulares de Caracas.</p>



<p>Siguiendo con la toma del objeto cronístico como objeto de estudio para próximas tesis o debates en el campo de estudio, es decir, en lo botiquines mismos, también comentábamos que esta otra estrategia de redituar lo bares de la ciudad en rutas turísticas no está tan mal porque de algo debe sostenerse la economía etílica en tiempos tan difíciles para el país. Pero no deja de retumbar en la cabeza esa posibilidad de que también se les chupe el alma y se conviertan en lugares a los que pueda acceder exclusivamente una clase pudiente, que por le general deviene turista. Pienso en La Bodeguita del Medio de La Habana, por ejemplo, donde no se puede entrar de tanto culo blanco y melena amarilla que taponean los pasillos. Por eso creo, soñadoramente, que estas <em>Crónicas de botiquín</em> aportan una mirada necesaria, formada y afectiva, a nuevas maneras de pensar políticas públicas, estrategias de sostenibilidad y apoyo, o simplemente ideas para que nuestros bares patrimoniales, esos que siguen guardando la historia de venezolanos y venezolanas que los fundaron y los siguen visitando no deban cerrar puertas ni transformarse en límpidos zombis del capital.</p>



<p>Lean estas crónicas, gócenlas, y déjense convencer por la voz autoral, con toda la propiedad que le da el trabajo investigativo <em>in situ</em>, de que estos bares maravillosos guardan episodios clave de la historia que nos conforma como venezolanos y venezolanas, como seres humanos, como pobres y hermosos despechados o como eufóricos celebrantes, sin más finalidad que la de seguir creyendo que hay motivos para reunirnos y bendecir la continuidad en crecida de nuestra comunidad de afectos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="683" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/foto-cr-botiquin-1-683x1024.jpg" alt="" class="wp-image-1390" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/foto-cr-botiquin-1-683x1024.jpg 683w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/foto-cr-botiquin-1-200x300.jpg 200w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/foto-cr-botiquin-1-768x1152.jpg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2025/12/foto-cr-botiquin-1.jpg 779w" sizes="(max-width: 683px) 100vw, 683px" /></figure>



<p class="has-small-font-size">Foto: Enrique Hernández</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Giordana García Sojo&nbsp;</strong>(Mérida, Venezuela).&nbsp;Licenciada en Letras por la Universidad de Los Andes, con posgrados en Antropología Social y Derechos Culturales. Ha ocupado altos cargos de diseño y ejecución de políticas públicas del libro y la lectura. Actualmente se dedica a la promoción y gestión editorial a través de Nila Ediciones.&nbsp;Es compiladora y coautora de obras de análisis político, como Venezuela,&nbsp;<em>vórtice de la guerra del siglo XXI</em>&nbsp;(2020) y de los poemarios&nbsp;<em>Bajo el rezo animal&nbsp;</em>(2023),&nbsp;<em>Diarios de flote&nbsp;</em>(2025) y&nbsp;<em>Dinero y otros poemas</em>&nbsp;(2025).</p>



<p></p>
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		<title>La arqueología del beber</title>
		<link>https://nilaediciones.com/la-arqueologia-del-beber/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rúkleman Soto]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 23 Jun 2024 12:56:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura latinoamericanos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Como hiciera Foucault con el discurso médico, Rúkleman Soto se propone una arqueología de los bares y botiquines de Venezuela,  desde el discurso personal de la crónica, o los “decires” que surgen del análisis imbuido y embebido de la territorialidad del bar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Bebo porque el alcohol pertenece a mi leyenda, y sin leyenda no se pasa a la historia.</em></p>



<p class="has-text-align-right">Antonio Machado</p>



<p>Mientras Santiago pega carreras con un balón de futbol por los jardines del Centro La Estancia, leo en el FB de mi pana Jasmil Mendoza un meme que dice: “Si usted no tuvo un bar donde le tenían cuenta, usted ponía la música y lo dejaban quedar después de cerrar, fracasó como borracho”.</p>



<p>Haciendo memoria voy poniendo en marcha mi propia arqueología del beber, que sería como una exploración del discurso etílico y su territorialidad consustancial: el botiquín, la taberna, la taguara. Algo así hizo Michel Foucault con el discurso médico henchido de prestigio y autoridad, cuyo lugar discursivo correspondió al hospital y el laboratorio con sus respectivas enunciaciones (o decires, digo yo) eso que Foucault llamó “el átomo del discurso”.</p>



<p>Tener cuenta, poner música y quedarse después de cerrar son parte del amplio campo enunciativo de un bebedor de prestigio y autoridad, asunto que en última instancia se resuelve en el átomo indivisible de tener crédito. En los primeros años ochentas la desaparecida barra del Salamanca, en La Candelaria, me dio un par de cervezas a crédito cuando me iniciaba en las artes del diseño gráfico en los talleres de la tipografía Olimpia por los lados de San José.</p>



<p>Desde esos años para acá corrí con la fortuna de cerrar, tener cuenta y poner música en algunos bares memorables, cosa que según yo, tiene que ver más con la vivencia de una copa inolvidable que con éxitos y fracasos, yunta por lo demás casi siempre inquebrantable.</p>



<p>Una vez tiré un <em>fiao </em>en el bar Corazón de Jesús, al final de la calle Guaicaipuro de Los Teques, no pude honrar esa deuda porque lo cerraron poco después. En cuanto al bar La Oficina, por más camarada que fuera Simón, nunca bebí a crédito, aunque sí lo cerramos y lo cantamos hasta la saciedad.</p>



<p>El botiquín más viejo de Puerto Píritu, frente a la plaza del pueblo, llegó a tener más de 60 años. Fue un regalo que me hizo mi compadre Rafael Mérida. El dueño de ese bar, el gran Cerepe, tenía la virtud de brindarnos varias rondas en la barra de tosca madera pulida por el tiempo, mientras echaba cuentos y como si fuera poco, llegó a obsequiarnos su fantasma.</p>



<p>Más arriba de la niebla entre Pozo de Rosas y Laguneta de la Montaña queda Matapalo, bar de don Hilario Manso, que si está de buenas te cuenta cómo vivió el asalto del arsenal de El Garabato que habían montado las FALN en las montañas de San Pedro de los Altos. Por cierto que el próximo 28 de octubre de 2018 se cumplen 54 años de ese ataque. En Matapalo poníamos música hasta que Peñita le clavó a la rockola un aparato que llaman <em>aipod</em>. Desde entonces todos los discos de 45 RPM pasaron a un depósito, hasta que Gino González los vaya a buscar. Esa promesa la hizo en pleno paro petrolero de 2002 y todavía no ha cumplido.</p>



<p>Más que cuenta abierta, la familia Manso lo que tiene abiertos son los corazones. En una oportunidad en que el alcohol se convertía en resentimiento, un tipo con carro nos dejó el pelero por diferencias irreconciliables (algo que los semiólogos llamarían quizás “disputa por la hegemonía discursiva”), Elí Briceño y este humilde cronista que está aquí quedaron varados en aquel paraíso de las alturas. Más complacidos que ofendidos seguimos allí hasta cerrar el bar como Dios manda. José Manso, alias “el Coco”, nos dotó de una lámpara de incandescente miche que iluminó el regreso que hicimos a pie en aquella noche cerrada por la más profunda oscuridad.</p>



<p>Por los lados de Carrizal, había una cancha de bolas con taguara incluida que llegó a pertenecer a mi hermano Harry Gutiérrez. Allí me vi impedido de pagar trago alguno. En una ocasión en que un comando sueñero intentó formar una efímera comuna de cañicultores allí, Harry me confesó que vendería el botiquín porque entendió que el lado sobrio de la barra no era lo que podríamos llamar vanidosamente su “campo enunciativo”, el sitio de su “práctica discursiva”, la zona de su “materialidad textual”.</p>



<p>Decía al principio que junto a la cuenta abierta, poner música y cerrar el bar hay otros signos de esa semiosis etílica de los auténticos bebedores. El prodigioso Bar Garúa, de mi amigo Wicho, es en sí mismo como un añejo elixir materializado en el tiempo donde el acto de sacar su propia cerveza de las cavas erige profundos significados.</p>



<p>Vale la pena advertir que no hay misterio en esta ciencia de la arqueología que estudia ebrios monumentos, antiguas dolencias del corazón, “el vino de la vida, el alma de los héroes” como dijo un poeta. “Lo que hay que tener –aconseja Roque Dalton– es humildad, metodología de la desventaja, la más sutil de las canchas”.</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size">* Este texto es parte de la serie «Crónicas de botiquín» de Rúkleman Soto.</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Rúkleman Soto&nbsp;</strong>(Ciudad Bolívar, 1961).<br>Periodista, ilustrador, caricaturista, muralista, comunicador popular. Premio Nacional de Periodismo 2021 y Premio Aníbal Nazoa 2021. Es docente de la Universidad internacional de las Comunicaciones (Lauicom). Devoto de bares, taguaras y tugurios parroquianos y populares. Desde hace 20 años se dedica a escribir crónicas de botiquín y después no sabe dónde las guarda, ni dónde publicarlas si las consigue. Otros premios: Premio Crónica Comunal Hercilia Chico 2017 Municipio Guaicaipuro; Bienal Municipal de Literatura. Municipio Guaicaipuro Mención ensayo 2017; Premio Eduardo Sifontes de Literatura, Universidad Bolivariana de Venezuela, mención Crónica (2009).</p>
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		<item>
		<title>Gregorio Samsa en el Taquito*</title>
		<link>https://nilaediciones.com/gregorio-samsa-en-el-taquito/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Rúkleman Soto]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 16 Apr 2024 11:27:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[Bar]]></category>
		<category><![CDATA[Rukleman Soto]]></category>
		<category><![CDATA[Taguara]]></category>
		<category><![CDATA[Tasca]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura latinoamericanos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Comenzamos la publicación de la serie "Crónicas de botiquín" de Rúkleman Soto, con este texto hilarante que hace homenaje a la ciudad de Mérida y al gran Franz Kafka, a propósito del centenario de su fallecimiento.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Cuando la tarde languidece y renacen las ganas de echarse una birra, nos movemos hacia los lados de la avenida 8, en medio de la prolongada ola de calor. El Festival Ciudad Mural Mérida 2024 está que arde. Los homenajeados son el mago de los juguetes Mario Calderón y Ligia Parra, más que sembradora, madre de las aguas en aquellos páramos.</p>



<p>Andrea Britto dispara colores con un trabuco como el que –dicen– Anastasia usó para hacer correr a los realistas. Su mural en la calle 18 rinde homenaje a Las Heroínas, se encuentra al amparo de Francisco de Miranda por una esquina y Burguer Bar por la otra. En lo alto de una cúpula, un angelote se empina tipo superhéroe de Marvel y la observa pintar.</p>



<p>Se van asomando las primeras procesiones, la Semana Santa está a punto de iniciar, no es cualquier cosa, solo en el casco central se apretujan nueve templos. Huimos, vamos <em>En Primera</em> <a href="https://shorturl.at/Y0456">https://shorturl.at/Y0456</a> con Ennio Tucci y Deimar, hacia un botiquín que me prometió Eloísa. Ella conoce, desde chiquitica, mi fervorosa devoción por los bares parroquianos y populares.</p>



<p>Estamos urgidos de hidratación después de ver al maestro Calderón interpretar «Compañeros», el emblemático son del grupo Madera. No nos marchamos sin escuchar a mis hermanos sueñeros Salvatore Grosso, Lalo y Víctor Moreno, del grupo IVEN, que celebra 35 años de trovar canciones de amor y de lucha. Lalo cantó «Alas sobre el delirio», en este momento en que cobra virulencia mediática la ominosa campaña de siglos contra nuestro Libertador. Mientras cabalgue “a caballo Simón” en tantos corazones, el engendro Monroe-Santander no tendrá chance en esta Patria Grande Bolivariana. Una versión a dos voces puede disfrutarse en <a href="https://t.ly/A_4rY">https://t.ly/A_4rY</a></p>



<h2 class="wp-block-heading">I. Argenis Santos, el cuidador</h2>



<p>Varias canciones después llegamos a El Taquito. Primero se desliza una reja para dar paso a las escaleras, de inmediato comienza una barra de lo más venerable, como el altar de una capillita, con su retablo barroco y todo, No obstante, en vez de ángeles, arcángeles y querubines, aquel sistema de repisas está cargado de estampas, cockteleras, maracas, carátulas, portadas, acetatos de 45 RPM, botellas, canecas, latas y Joselo. No podía faltar la clásica silueta de <em>Le chat noir</em>. A la izquierda, las mesas bajo un alero que deja entrar luz y frescor desde el patio central. Una canción del grupo Barón Rojo, llena de <em>heavy metal</em> español todo el perímetro. El disco producido en los años 80 se llama <em>Metalmorfosis</em>, oportuno dato en este año centenario de la muerte de Franz Kafka, héroe de monstruos afligidos. Por eso estas líneas brindan, también, por el más luminoso de todos los insectos de Praga.</p>



<p>El Taquito es de finales del siglo, se fundó en abril de 1980. En sus primeros tiempos estuvo ubicado a cuadra y media, en la vía que sube por el cementerio El Espejo, la plaza El Espejo y la Rectoría de Nuestra Señora del Espejo. “En esta casa el bar lleva 33 años” cuenta un afable Argenis Santos, quien compró el negocio hace cinco años, es decir que lo estrenó en pandemia. Se ubica llegando al extremo de la calle 22, al lado de Unearte. Argenis la llama <em>la calle de la igualdad</em>, “porque empieza allá en la catedral y termina aquí en el cementerio, donde todos somos iguales”. Ya saben cómo llegar, sin morir en el intento.</p>



<p>Afiches de gran formato enmarcados con tubos de reciclaje dominan las altas paredes, desde donde el techo machimbrado se deja caer hacia el jardín. Una minúscula jungla es acorralada por el muro de piedras del impecable establecimiento. El patio interior forma un amplio cuadrilátero, donde las rosas y las monsteras se abrazan al descampado en singular combate. Una enorme tuna impone, cual réferi, su autoridad sobre el microcosmos vegetal.</p>



<p>Argenis lleva 13 años trabajando el ramo de licores. Compró El Taquito afanado en conservar su nombre y su historia. Carlos Colmenares, el abogado que registró el negocio,  le contó que el nombre del botiquín se debe a un señor que era “retaquito”. Para su dueño, el bar es un vínculo con el mundo del arte y la cultura, un lugar de encuentro: “me gusta que venga gente interesante”, afirma. Apoya tradiciones, iniciativas, actividades. Es “una oportunidad que me da la vida”, explica Argenis, después que el Covid le metió un susto espeluznante. Sabe que quedan pocos espacios similares, nombra el Kon-Tiki y el Cóndor, entre los establecimientos que resisten a la <em>burguertendencia</em> dominante. Se esmera en agregar detalles que se asemejen a su botiquín: “Aunque el lugar me pertenezca, yo soy un cuidador” sentencia con orgullo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">II. La rebelión de Lázaro</h2>



<p>Pedimos una ronda sin dilación. Nos merecíamos un par de cervezas después de varios días saltando de biblioteca en biblioteca por toda la Ciudad de los Caballeros, en busca de un discurso que pronunció José Manuel Briceño Guerrero el 24 de junio de 1983, en el Palacio de las Academias de Caracas. Uno quisiera salvarse de apelar al socorrido vértigo de las repeticiones, bibliotecas y laberintos borgianos para escribir esta sencilla crónica de botiquín. Es por el temor a los clichés, a las etiquetas, pero la trampa sigue ahí. Cuando las situaciones dejan de ser surrealistas o existencialistas, les da por ponerse orwellianas, posmodernas o kafkianas, todo se repite ¡Ahí está! ahora se puso nietzscheano este intrépido navegador de los siete bares.</p>



<p>La RAE reduce lo <em>kafkiano</em> a algo absurdo y angustioso. Me parece una definición chucuta, que excluye el humor irredento del escritor checo, esa risa socarrona entre las líneas de lo absurdo, como en su irónico relato <em>El escudo de la ciudad</em>, sobre la urbe babilónica cuyo escudo de armas incluye un puño amenazante.</p>



<p>Digamos que no le falta algo de <em>babélico</em> a esa obstinada clonación de nombres merideños. Es el caso de las bibliotecas: la Febres Cordero, la Tulio Febres, la Tulio Febres Cordero. Sin contar el Centro Cultural Tulio Febres Cordero, que alberga tamaña colección de arte contemporáneo, entre otras maravillas. Su flamante directora, mi querida poeta Yuri Patiño, nos dio un paseo de lujo por la exposición de Jesús Soto. Jasmil se aleja despacio, hacia su imperecedera conversación con La Maga de sus evocaciones. Seguí mi recorrido por las bibliotecas de la ciudad, pensando que el cóndor de su escudo de armas –diseñado por ¿quién más? Tulio Febres Cordero– nunca será un puño aniquilante, en aquellos picos de Babel que supieron alcanzar el cielo.</p>



<p>No sin ayuda de generosos bibliotecarios, pude ubicar sendas ediciones del discurso titulado “Recuerdo y respeto para el héroe nacional” (incluso el documento está disponible en Internet); pero lo que supuse que conseguiría sin dificultad en los dominios de la prestigiosa Universidad de Los Andes, es una versión publicada por la Comisión Bicentenaria de la ULA, campus donde Briceño Guerrero fue siempre un campeón. También me acerqué al Museo de Antropología fundado por Jacqueline Clarac, y allí tampoco lo conseguí.</p>



<p>¿Qué tiene de particular esa publicación? Me preguntó el Dr. Hancer González, de la Biblioteca Febres Cordero, historiador y conocedor del tema. La respuesta es que en esa edición llegué a leer una breve aclaratoria inicial donde decía que la transmisión del discurso fue interrumpida por el gobierno y el presidente de entonces, Luis Herrera Campíns, se marchó indignado por las estremecedoras palabras del Sabio de Mérida.</p>



<p>Briceño había dicho, en aquel discurso desahuciado, 200 años después de nacido Simón Antonio de la Trinidad, que Venezuela era el resultado de una traición; que no éramos una Patria sino, como mucho, un ámbito político territorial; que Bolívar no era el Padre de la Patria; que los homenajes oficiales eran una manera de mantenerlo muerto; que El Libertador vivía, no obstante, en el corazón de su pueblo… En fin, harían falta casi 30 años más para volver a tener Patria.</p>



<p>El sábado 8 de diciembre de 2012 a las 9:33 minutos de la noche, el presidente de Venezuela Hugo Chávez, dirigiéndose al país en cadena nacional afirmará: “tenemos Patria hoy, tenemos Patria. Venezuela ya hoy no es la misma de hace veinte años, de hace cuarenta años”. Era su última proclama. El anhelo popular del sueño bolivariano es reivindicado. Quienes humillaron a El Libertador y le arrebataron la patria hace dos siglos atrás, fueron derrotados: “Aquí había un continente dormido, un pueblo dormido como muerto y llegó el Lázaro colectivo y se levantó, a finales de los 80, los 90, los 90 terminando el siglo XX pues, se levantó aquí en Venezuela una Revolución, se levantó un pueblo”.</p>



<p>Adentro resuena la canción de Lalo: “a caballo libre rompiendo silencio. A caballo Simón”. Argenis lanza su mirada litúrgica desde el altar de El Taquito. Sabe que necesitaremos otra tanda.</p>



<h2 class="wp-block-heading">III. Vuelo, pasión y muerte de Gregorio Samsa</h2>



<p>Tranquilo y nostalgioso, El Taquito deriva dignamente hacia la vejez de los botiquines legendarios. Habíamos ido por una y, como suele suceder, llevábamos varias rondas. La noche trajo del páramo un aire refrescante. La selvita de flores y costillas de Adán quedó hundida en la oscuridad. La soledad del bar era toda nuestra, la música sin estridencia dejaba fluir la conversa. Como posando para un cuadro de Hopper, una pareja permanecía inmóvil en la esquina de la barra.</p>



<p>En ese clima apacible y relajado Gregorio Samsa emprendería su fatídico vuelo nocturno, atraído por la inútil conversación sobre los culebrones que llegaron a dominar la televisión venezolana (<em>El derecho de nacer</em>, <em>La señora de Cárdenas</em>, <em>Cosita rica</em>, <em>Por estas calles</em>). En su casa de la berlinesa Charlottenstrasse, el protagonista de <em>La metamorfosis </em>había logrado treparse a las paredes, colgar del techo y aferrarse a la vieja estampa de una mujer envuelta en pieles, pero nunca pudo volar.</p>



<p>A la altura de cuatro o cinco cervezas, más o menos, intentábamos dar con el nombre del personaje interpretado por el desaparecido actor Carlos Villamizar. Sí, se sabe que es «El hombre de la etiqueta, en rol de vengador justiciero, pero su identidad permanece oculta para nosotros, igual que en la trama novelesca. Ennio busca ese nombre en su memoria con la mirada extraviada en la oscuridad del jardín, se pierde por el enrejado azul, tras las sombras de la barra, más allá de la columna forrada con adoboncitos, donde sus ojos se clavan súbitamente, del modo en que un alfiler fija un insecto sobre el corcho de los recuerdos. Suelta la cerveza, deja caer su mano en un movimiento lento. Parece que va a pronunciar en tono dramático el nombre prohibido: ¡Natalio Vega! Pero grita otra cosa.</p>



<p>De pronto aquello se transforma. Como en el cuento de Kafka, no fue que el borracho corrió por el callejón, sino que, al unísono, todos voltean. Incluso los personajes de Edward Hopper cobran vida en la barra de El Taquito. “Entonces sus miradas se cruzaron con la de Gregorio, que estaba en la pared”, tal como reza el famoso relato.</p>



<p>Desde la columna de adoboncitos rosáceos, Gregorio Samsa mueve su pequeña cabeza en dirección a nuestra mesa. Salta haciendo chocar en el aire sus dos pares de alas esclerosadas y &nbsp;parduscas. Planea sobre la cabecita aterrorizada de Deimar, que se acurruca en la silla e inquiere sobre la ubicación del horrible blátido. Eloísa le responde pero su voz no logra hacerse audible, se nota en el rictus indeciso de su carita descompuesta por el triple impacto en una mezcla de sorpresa, hilaridad y repugnancia. Como en el salvaje oeste, Ennio desenfunda su zapato derecho y tira un <em>uppercut</em> cruzado que termina en golpe fallido.</p>



<p>Todo sucede con extrema rapidez, la amenaza se ha esfumado, no está entre las botellas ni debajo de la mesa. Ennio termina parado en medio del pasillo con el talón fuera de la media por la violenta extracción del zapato. Deimar logra reducir a su mínima expresión su dulce humanidad, sobre el pequeño rectángulo de la silla. Nadie sabe por dónde vendrá el próximo ataque. Una tensa calma invade a El Taquito. Con perfecto acento gocho y dolorido, Deimar prorrumpe en un desgarrador ¡NO AGUANTO MÁS! y huye hacia delante. Sin darse cuenta, va en dirección a la cucaracha que venía por el desquite. Ambas se regresan despavoridas. Aparece Argenis, armado con escoba, adarga antigua y pala en astillero, logrando someter al monstruo.</p>



<p>Así termina Gregorio Samsa su “nuevo intento desesperado por sentirse incluido en el círculo de lo humano”, una vez más a finales de marzo, como en el cuento y a cien años de la muerte de su creador.</p>



<p><em>Caracas, 24 de marzo de 2024</em></p>



<p class="has-small-font-size">*  Este texto es parte de la serie «Crónicas de botiquín» de Rúkleman Soto, que iremos publicando a partir de hoy. </p>



<p></p>



<p class="has-text-align-left has-small-font-size"><strong>Rúkleman Soto </strong>(Ciudad Bolívar, 1961).<br>Periodista, ilustrador, caricaturista, muralista, comunicador popular. Premio Nacional de Periodismo 2021 y Premio Aníbal Nazoa 2021. Es docente de la Universidad internacional de las Comunicaciones (Lauicom). Devoto de bares, taguaras y tugurios parroquianos y populares. Desde hace 20 años se dedica a escribir crónicas de botiquín y después no sabe dónde las guarda, ni dónde publicarlas si las consigue. Otros premios: Premio Crónica Comunal Hercilia Chico 2017 Municipio Guaicaipuro; Bienal Municipal de Literatura. Municipio Guaicaipuro Mención ensayo 2017; Premio Eduardo Sifontes de Literatura, Universidad Bolivariana de Venezuela, mención Crónica (2009).</p>
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		<item>
		<title>Montes y culebras, al filo de la cordillera</title>
		<link>https://nilaediciones.com/montes-y-culebras-al-filo-de-la-cordillera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Silva]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Jan 2024 11:08:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[JoelRojas]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://nilaediciones.com/?p=1136</guid>

					<description><![CDATA[<p>Alejandro Silva ofrece una lectura situada de los cuentos del libro Montes y Culebras, obra ganadora de la X Bienal Nacional de Literatura Orlando Araujo en 2022</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<div class="wp-block-group"><div class="wp-block-group__inner-container is-layout-constrained wp-block-group-is-layout-constrained">
<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>Oyó un pedazo de acallada voz.</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>No en el viento nocturno</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>cuando choca contra los árboles y los techos,</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>sino más adentro, en su rumor.</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>Para él ese era el verdadero sonido del viento;</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh"><em>la voz familiar que velaba su tiempo.</em></p>



<p class="has-text-align-right" style="font-size:16px;letter-spacing:vh">                                       <strong>Joel Rojas Carrillo</strong></p>



<p>La culebra venía subiendo la cuesta preocupantemente rápido. Lo supimos porque unos vecinos pasaron en moto cerca de la bicha y ya, a una distancia bastante segura y alarmadísimos por ser conocedores de la especie, alertaron la presencia del animal, de lejitos, desde donde podían ver cuando alguien hiciera algo. “Rabo amarillo” le llaman a esa especie que se movía con el sigilo propio de un ser que debe sentirse desubicado, desplazado, subiendo por una cuesta de cemento que antes, no hace mucho, era monte: su monte. Pero el veneno de esta culebrita es rudo y mata de verdad verdad y lo hace rápido. Como no somos ni encantadores, ni amantes de serpientes, sino un par de padres preocupados porque la culebra viene directo para la casa donde estábamos cuatro niñas, una perrita pequeña, un gato ausente en ese momento y tres adultos que no parábamos de fumar y beber café, seguramente por culpa del frío de La Azulita, la decisión fue la más lamentable posible, pero también la más necesaria tomando en cuenta el hecho de que era de noche y nadie sabe para dónde agarran esas “bichas” cuando le quitas los ojos de encima. </p>
</div></div>



<p>Ambos somos caraqueños, pero ese rasgo identitario del origen de las personas, que no es más que parte de la imbecilidad humana, carece de valor pero no de mañas, porque cuando vi que la culebra se movía rápido, subiendo la cuesta como quien tiene una actitud decidida y sabe bien para dónde va, me paralicé y no supe si correr y mucho menos qué demonios estaba haciendo con el machete que había agarrado con el instinto de supervivencia y mi total ignorancia sobre cómo enfrentar a una culebra venenosa.</p>



<p>Pero Joel, sin un “ápice” de dudas, me arrebató el machete con el que no supe qué carajos hacer, más que quedarme quieto viendo pasar mi vida entera por la pantalla grande de mi miedo y viéndome dos días después, en mi futuro inmediatísimo, en un velorio a “tapa cerrada” por la hinchazón de la mordedura de la culebra; Joel se acercó con ambos machetes a enfrentar la amenaza que se detuvo y se preparó para dar pelea.</p>



<p>A unos cinco metros, en primera fila y cagado de miedo, presencié cuando Joel le lanzó el primer machetazo a la cabeza y falló, produciendo un chispazo provocado por el choque del metal con el cemento, como si fueran efectos especiales, pero no, era de verdaíta. Peligrosamente cerca, Joel le da un machetazo al piso del lado derecho de la culebra, porque es zurdo, y cuando la culebra se abrió hacia la izquierda, pero viendo a la derecha ¡juaz!, un machetazo limpio le separó la cabeza del cuerpo que quedó bailando la canción sin ritmo de la muerte. Luego, con un rápido y preciso movimiento, Joel recogió la cabeza de la culebra con la punta del machete y la lanzó al monte. En ese momento supe que este era otro Joel, que lo caraqueño se le mezcló con agua de montaña, que se había convertido en un montañés, en un carajo que pertenecía a eso, al monte y a las culebras, como se llama este libro.</p>



<p>Y es que al leer <em>Montes y culebras</em> es inevitable caminar verdor adentro, casi literalmente, en las cordilleras que los personajes tienen en el pecho, en la mala leche del trago que no debieron beber, o en la presencia de un hombre encorvado que cuelga de una pared como una sombra.</p>



<p>Este libro tiene, según mi lectura –que afortunadamente no será la de ningún otro– dos telones de fondo: en el primero es la montaña, territorio de introversión, ese lugar en el que los personajes se encierran con la voz en off de su propio eco y, en algunos casos, parecen fantasmas que se hablan ante un espejo, conjugando eso que sabemos de quienes viven en las montañas: que terminan hablando hacia adentro. Son personajes que se expresan con un discurso limpio y poético, pero sólo cuanto es necesario, ni una palabra de más, firmes en sus convicciones y triunfadores en su reino tranquilo, silencioso y frío.</p>



<p>En la segunda parte, <em>Culebras</em>, el escenario es la ciudad, pero nunca la <em>urbe</em>, si no un reflejo de la vida que la bordea: es la ruralidad y el barrio, los personajes que lo habitan y crean una experiencia en la que los hechos construyen la historia que se da afuera, en el hecho en sí y no tanto en el pensamiento, sino en los personajes mismos. La muerte, las leyendas, la salsa son asuntos corrientes del margen caraqueño y entonces, cambia el lenguaje, las voces que narran cambian de lugar, de tono, se nos enrostra una torre de Babel que muestra la interacción habitual y sincrética que conocemos de Caricuao, Las Rosas, Guatire o de La Juana.</p>



<p>Como Joel Rojas también es buen poeta, es imposible no ser alcanzado por el rayo de un verso preciso y exacto, perdido en algún párrafo, cuando terceros echan el cuento, y la jerga que habla de tiempos específicos se transforma en imágenes de la memoria del origen, del barrio que somos como lenguaje.</p>



<p>Dieciocho narraciones fermentadas en jugo de memoria, de experiencias de tierra y asfalto construidas con cuidado, con respeto, con contundencia. En <em>Montes y culebras </em>los personajes son tocados por el paisaje que habitan y actúan según las leyes que crea los puentes delgados entre geografía y gente, entre la expresión, lo que dicen y lo que hacen, porque el entorno es quien termina domando a medias lo que somos, dentro y fuera de los libros.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="681" height="1024" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-681x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-1145" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-681x1024.jpeg 681w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-199x300.jpeg 199w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel-768x1156.jpeg 768w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2024/01/Poetada-joel.jpeg 957w" sizes="(max-width: 681px) 100vw, 681px" /></figure>



<p class="has-small-font-size"><strong>Joel Rojas Carrillo</strong> (Caracas, 1973)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, escritor, editor. Es autor de los poemarios <em>Salmo al canto</em> (Fundarte, 2007), y <em>Árboles no son papeles</em> (Fundarte, 2021). Preparó y prologó la antología de poesía <em>Del pan y la canción</em> (La Estrella Roja, 2015). Es autor del guión para el cuento gráfico <em>Mr. Boland</em>, de Salvador Garmendia (El perro y la rana, 2015) y de la crónica ilustrada <em>Por aquí pasó Zamora,</em> de José León Tapia (El perro y la rana, 2017). Participó en la creación y desarrollo de las colecciones Armando Reverón, Fantomas y Juventudes Comandantes, de la Fundación Editorial El perro y la rana. <em>Montes y culebras</em> ganó el primer lugar en la X Bienal Nacional de Literatura Orlando Araujo (2022) y fue publicado por Monte Ávila Editores en 2023.</p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Alejandro Silva Guevara</strong> (Caracas, 1972)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, editor, escritor y músico. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Se ha desempeñado como músico dentro y fuera del país. Fue productor general del Festival Mundial de Poesía de Venezuela y se desempeñó como coordinador general de estrategias de la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello y como director ejecutivo de la Fundación Editorial el Perro y la rana.  Fue invitado como poeta a la Feria del Libro de la Habana, Cuba; al Festival Internacional de Poesía de Chile; a la Cátedra José Antonio Ramos Sucre, de la Universidad de Salamanca, España y al Festival Internacional de Poesía de Cartagena de Indias, en Colombia. Sus poemas han sido editados en varias antologías, entre ellas <em>Amanecieron de bala</em>, y <em>Son seis</em>. Su primer libro en solitario, <em>Humo</em>, fue publicado por la Fundación Editorial El Perro y la Rana en 2006 y fue merecedor de la Mención Honorífica en el Premio Nacional del Libro de Venezuela. Está por publicar sus libros <em>Per-verso, Lejuras y Casa. </em> Actualmente trabaja como editor, corrector, escritor y traductor independiente y como articulista en la revista científica popular <em>La Inventadera.</em></p>
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		<item>
		<title>El pez de los sueños de Wifredo Machado: diálogo y subversión en la novela venezolana</title>
		<link>https://nilaediciones.com/el-pez-de-los-suenos-de-wifredo-machado-dialogo-y-subversion-en-la-novela-venezolana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Douglas Bohórquez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 21 Oct 2023 11:28:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[crítica literaria]]></category>
		<category><![CDATA[ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[literatura latinoamericanos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Douglas Bohórquez escribe un ensayo que sitúa la novela El pez de los sueños en la tradición de la narrativa venezolana más desafiante, tanto por el trabajo formal como por la trama lograda por el autor.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading"><strong>Anotaciones sobre infancia, poder y escritura</strong></h2>



<p>De manera resumida, esta novela<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a> refiere las aventuras de tres niños (Guadalupe, Roy y Benjamín) en una isla sin nombre ubicada en el archipiélago de Las Comoras en el océano Índico. Los niños se refugian en la biblioteca de la casa llamada “El Santuario”, con lo que de algún modo evaden la educación autoritaria y represiva del padre. Allí, en implícita complicidad, descubren un lenguaje y una manera secretas de ver y entender lo que los rodea: el sonido del mar, la sombra de un insecto, el canto de las antiguas sirenas. Estructurada en 52 capítulos y varios “textos apócrifos” la novela no está organizada, al modo convencional, en una estricta secuencia narrativa y temporal.&nbsp; Sin embargo, sus distintos capítulos mantienen una misma línea argumental y temática. En algunos de estos se juega a la inversión temporal y otros pueden ser leídos como narraciones independientes. Como parte de su estrategia creadora, la novela otorga al lector la posibilidad de “armar” su propia lectura.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Novela fascinante, pero de complejo diseño, suerte de caleidoscopio o lúdico o rompecabezas que incita a la participación del lector, sus personajes, como la isla misma en la que se desarrolla, están en permanente transfiguración, generándose así una sensación de recomienzo, como si en ella nada terminara.&nbsp; Tal es el sentido de los “textos apócrifos”: juegan a la reinvención y reinterpretación de la novela.&nbsp; De alguna manera la isla por ser un tanto mítica, está siempre metamorfoseándose, como la obra misma.&nbsp; Su escritura fabulosa, transgresiva, poética, reflexiva, avanza sinuosamente tras la narración de aventuras fantásticas. <em>El Pez de los sueños</em> cautiva desde sus inicios debido a su cualidad notablemente poética e imaginativa. En el reverso de las aventuras de los niños se teje entre líneas una significativa reflexión en torno al poder, el dinero, la autoridad, la infancia y sobre la misma elaboración del texto novelesco. El poder, como el sueño, configura&nbsp;&nbsp; una red de relaciones polimorfas que enmarcan la actuación de los niños, sus vínculos entre ellos, con el mundo y particularmente con el padre. Al atravesarlo todo, el poder y el sueño son secretos vectores que organizan de algún modo la misma fabulación mítica y onírica de la novela.</p>



<p>Original en su audacia inventiva y de escritura,<a href="#_ftn2" id="_ftnref2">[2]</a> en ella resuenan y dialogan múltiples lenguajes y tradiciones literarias: desde la <em>Biblia</em>, pasando por <em>Las mil y una noches</em>, Homero, hasta llegar a Stevenson, Melville, William Golding, Kafka, Borges, Cortázar, Bioy Casares. En el ámbito específico de la literatura venezolana <em>El pez…</em> dialoga con diversos autores y textos. Mencionemos sólo algunos: J.A. Ramos Sucre, Teresa de la Parra, Enrique B. Núñez, Julio y Salvador Garmendia, Guillermo Meneses. <em>El Pez de los sueños</em> es un palimpsesto de referencias culturales y de secretos diálogos de textos.</p>



<p>Quimera, fantasía y ardid, el poder, se nos dice en la novela, está tanto en la codicia de los hombres, en el valor de las cosechas como en el humor de los avaros o en las intrigas palaciegas. Los niños, que desean secretamente subvertir toda forma de autoridad, constituyen una especie de república que tiene en “El Santuario” su sede de operaciones. Desde sus acciones, a veces violentas, enfrentan el poder de los adultos y del padre. Este es un negociante de antigüedades para quien el dinero es su instrumento de supremacía. En algún momento muestra a sus hijos una colección de monedas antiguas pertenecientes a un anciano. “Era una colección tan valiosa como la que padre atesoraba en la caja fuerte…En aquel entonces, mientras las admirábamos, … pensamos que su valor era la quimera inútil del poder cuando enfrenta el hacha del verdugo” (Machado, 2022: 42).&nbsp; El universo, según lo ven los niños, parece regido por ese poder del dinero.</p>



<p>En esa república de los niños el padre es al comienzo una figura disciplinaria. Impone un orden severo fundado en la vigilancia y el castigo pero que será constantemente subvertido por los hijos, quienes inventan un lenguaje hermético, hecho de “silencios, gestos, leves movimientos de los ojos y manos” (p. 19) que les permitirá franquear los controles autoritarios. De la madre casi nada se dice, convirtiéndose prácticamente en una ausencia pues muere cuando da a luz a su hija Guadalupe.&nbsp; Los niños crecen sin el resguardo de una familia que los ampare, organice u oriente su educación. Cuando en su ancianidad el padre pierde facultades, los niños desconocen su antiguo poder y lo subestiman.&nbsp; Las obras de arte, las pinturas de artistas como Goya o Hieronimus Bosch a los que los niños acceden en “El Santuario” son para ellos instrumentos de liberación, desde las visiones oníricas que les transmiten en las que los adultos aparecen como grotescos fantasmas.&nbsp; Ya en sus primeras páginas, a través de la convivencia de los niños en la biblioteca entre libros, antigüedades y objetos de arte, la novela nos hace saber que la trama narrativa es también una trama simbólica en la que la metáfora o la ironía proponen una constante reconfiguración del lenguaje.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Más allá del relato de sus aventuras que nos podría hacer pensar en una novela juvenil, encontramos una novela culta que juega con múltiples códigos y lenguajes y apuesta, como lo hemos sugerido, a la experimentación, al juego de tiempos y de fragmentos discursivos y narrativos y, por lo tanto, a una lectura abierta, que se resiste a una única interpretación. Cada personaje y cada acontecimiento tienen su reverso, proponiendo más allá de lo argumental, otra lectura que se abre a lo fantástico o fantasmal, al mito, a los sueños. El nombre mismo de la novela deriva de unos peces llamados “salemas” que tienen el poder de hacer soñar, incluso “sueños dentro de sueños” (p. 58). Es decir, hay una conciencia crítica de la ficción como universo onírico y especular, tal como lo deja ver Guadalupe al preguntarse “¿quién está soñando esta historia?” (p. 54).&nbsp; Así, los niños, que son aparentemente tres, se ven en algunas ocasiones enfrentados a otros que parecieran ser sus dobles especulares, fantasmáticos. En otra escena narrativa, la primera impresión que tiene el joven profesor Jonás al llegar al colegio en el que trabajará, es la de que este es hospicio, prisión o cementerio. Como en <em>El Castillo</em> de Kafka, este joven desconoce la autoridad que lo dirige.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Entregados los niños a sus aventuras, el despliegue de estas en la isla los lleva a adquirir en algún momento un grado tal de autonomía que les hace despreciar al padre o enfrentarse a cualquier jerarquía, como la que encarna o simboliza el profesor Jonás, un nombre como otros en la novela, de definidas resonancias míticas y bíblicas.&nbsp; Aunque al inicio de la novela vemos a los niños en la biblioteca, se nota en ellos y particularmente en Guadalupe, una perversidad que los lleva al crimen. Luego observamos que el conocimiento empírico de la vida que alcanzarán en la isla los convierte en personajes un tanto brutales o salvajes, transgresores de todo tipo de autoridad. Ocurre en ellos una transformación: el medio agreste insular los vuelve indómitos. De ser niños lectores en “El Santuario”, la isla los transforma en niños crueles, que se niegan al sometimiento de los adultos.&nbsp; Han crecido abandonados, “desarrapados, risueños, curiosos, inocentes y vengativos” (p. 25). El poder pues, como los sueños, es una trama de sentidos que incluye la maldad y que se deja descifrar en el juego un tanto caleidoscópico de fragmentos discursivos y de hechos que ocurren en distintos tiempos. La narración de la infancia es, desde esta perspectiva del poder, la narración de una desobediencia. Por otra parte, podemos interpretar, en una perspectiva ideológica o política, el poder de los niños como un poder alterno que supone una crítica al mundo “civilizado” de los adultos y a la parte continental que ellos habitan, desde donde podrían venir los turistas a invadir. Los niños, que han experimentado agresiones y violencia de un medio hostil (la isla) y por parte del padre, se preparan para ejercerla y así lo hacen, contra los adultos. La escritura desliza ironías que tienen también definidos matices de crítica política. Al referir la experiencia de lectura de los niños en “El Santuario”, una denominación irónica de la biblioteca, se nos dice: “Era como tener vidas diferentes. Hoy un rey, mañana un bandolero, aunque en el fondo fueran lo mismo” (p. 26).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>En una de las tormentas a las que se ven sometidos en la isla, los tres niños, enfrentados al profesor, viven a la deriva. Han aprendido a subsistir sin la compañía ni la protección de los padres, sin la orientación de algún maestro y tanto se cuidan de los adultos que temen una invasión de estos. Han constituido una suerte de república o comunidad salvaje que no sigue normas ni preceptos pre-establecidos.&nbsp; La invasión de turistas pone en riesgo la autonomía y libertad que con esfuerzo han conquistado, por ello ven en el profesor y en los adultos una temible amenaza. “Montábamos guardia todas las noches para protegernos de una posible invasión. Roy y Guadalupe lideraban las reuniones donde se tomaban las decisiones de la comunidad” (p. 196). Si consideramos a los niños como los “débiles”, la lucha por el poder que ellos sostienen contra los turistas y adultos se puede interpretar como una metáfora de la justicia.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Amor, represión, odio, rebeldía, venganza o desprecio son sentimientos y actitudes que se cruzan en esa república de los niños que es también una república de sueños en la que isla no es solo un escenario de acción sino el ámbito mismo de despliegue de lo fantástico. Paisaje cambiante impregnado de subjetividad, la isla es una suerte de enigmático personaje a veces apacible, a veces monstruoso o fatídico.&nbsp; La desaparición de Benjamín en el mar y su posterior y extraña resurrección, la aparición de una muchacha que danza alrededor del fuego, de una sirena, o la misteriosa muerte de un grupo de jóvenes, no son sino parte del hechizo que define el ser mismo de la Isla. &nbsp;Esta ejerce un poder de fascinación sobre sus habitantes en los que se confunden maleficio e ilusión, desolación y encanto: “Los nativos creen que es de mala suerte hablar de la isla…Nadie en la isla habla de la isla” (p. 73).&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>



<p>La potencia onírica y poética de un lenguaje novelesco que todo lo toca y transforma, hace que <em>El pez de los sueños</em> gire incesantemente en sus historias y en los narradores que la cuentan.  En momentos, no se suele distinguir exactamente quién narra y si lo que se narra ha ocurrido en realidad o ha sido soñado. De esta manera lo fantástico está hecho o permeado de materia onírica. Nada está fijo ni parece obedecer a una verdad o lógica preestablecida.  Se impone una sucesión de hechos y aventuras en un ritmo casi alucinante, de tonalidad irreal subrayada por los juegos temporales. Pasado y presente se confunden en una suerte de alucinación que es constante recreación de la isla y de las aventuras de los niños. La novela se nos entrega en una cierta sucesión de extrañezas estrechamente ligadas a la naturaleza mítica, un tanto distópica, de la isla. Esta está habitada de monstruos, sirenas, fantasmas, cuevas, grutas secretas. El mito clásico alimenta la condición fantástica de la novela. Tal como sus sueños lo revelan, los niños mismos están penetrados del turbulento y mítico espacio acuático que en ocasiones amenaza devorarlos. Roy decía: “… ¿cómo luchar contra nuestra naturaleza acuática? Éramos pulpos estirando sus tentáculos para atrapar a los huidizos cangrejos…” (p. 29). En efecto, los niños aprenden a luchar desde temprana edad para enfrentarse a los extraños y a las adversidades. En el colegio se dan verdaderas batallas entre ellos y otros niños.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="671" height="972" src="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2023/10/Machado-1.jpg" alt="" class="wp-image-975" srcset="https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2023/10/Machado-1.jpg 671w, https://nilaediciones.com/wp-content/uploads/2023/10/Machado-1-207x300.jpg 207w" sizes="(max-width: 671px) 100vw, 671px" /></figure>



<p>En el capítulo XVIII se nos narra una excursión de los tres niños a un acantilado donde se encuentran con otros niños y observan un torbellino de aves. Más tarde regresarán al Santuario (la biblioteca). Todo este capítulo, en parte referido al vuelo de las aves, es una extensa metáfora en torno al sentido del encierro, la libertad y a la necesidad de lograr la autonomía después del nacimiento como hechos simbólicos opuestos al poder, a sus instrumentos de vigilancia y castigo. “Quien quiera nacer”, dice Guadalupe, “tiene que destruir un mundo” (p. 161). Si no escapan, las aves, se nos dice, pueden ser devoradas por los gatos. Por otra parte, algunos rasgos propios de la novela policíaca, simulados paródica e irónicamente, se entrecruzan con la novela de aventuras. Los niños se proponen recuperar las obras de arte o antigüedades vendidas por el padre “a esa fauna de burdos coleccionistas” (p. 163) a quienes se les espía para obtener los detalles de sus vidas. Así, la extraña muerte de un grupo de jóvenes suscita el interés del joven profesor Jonás, quien ha conocido a un policía que no termina de resolver el caso.</p>



<p>La escritura articula varias historias: la de los niños en la biblioteca, la de sus aventuras en la isla, la del joven profesor, la de su novia Etienne, la de los jóvenes desaparecidos, entre otras, todas envueltas en un halo de sugerencias y misterio pues la ambigüedad funda ella misma la naturaleza ficcional y configura el universo autónomo de la novela. En este sentido, los “textos apócrifos” juegan a borrar las huellas autobiográficas a la vez que subrayan el diseño polifónico de la novela. Se trata de un artificio metaficcional del autor, a la vez irónico y autoparódico, para hacer notar que la novela no le pertenece y que su escritura está sujeta a correcciones, revisiones o ampliaciones, es decir, a una reescritura que hace de ella una suerte de sujeto-en-proceso, una especie de partitura musical que le otorga al lector un lugar en su reinvención. Los “textos apócrifos” están impregnados de ese humor autorreferencial que encontramos a lo largo de la novela y que se expresa en toda una serie de guiños y clics irónicos y autoparódicos. Se agregan episodios, se reconocen personajes, se les ven nuevas acciones o retomando actuaciones iniciales que crean una ilusión de circularidad. En este sentido, los “textos apócrifos” juegan con la idea de que <em>El pez de los sueños</em> no concluye en un capítulo finalsino que, por el contrario, está abierta a una reescritura y resignificación permanentes. Se trata de textos que “venían atados con una cinta en el interior de un viejo diario de anotaciones. Los he incorporado como un apéndice a la historia de los niños, a todas luces incompleta” (p. 401).<em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</em></p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong><em>El pez de los sueños</em> en la tradición narrativa venezolana</strong></h2>



<p><em>El pez…, </em>hemos dicho, dialoga con múltiples autores y textos de nuestra tradición literaria. Desde la condición poética y fantástica de su escritura, la novela de Machado dialoga con la obra de José A. Ramos Sucre (1890-1930), uno de los fundadores nuestra modernidad literaria. La mitología y el gusto por la cultura clásica, que en <em>El pez…</em> asume un carácter paródico, así como la hibridez de géneros, son rasgos caracterizadores de la obra de estos autores que hacen de la ficción un espacio de alteridad y de reinvención permanentes del lenguaje. Podría mencionar muchos otros autores venezolanos con los cuales la obra de Machado comparte analogías y filiaciones estéticas y literarias. Es el caso, por señalar algunos, de Julio Garmendia, de Salvador Garmendia o de Gustavo Díaz Solís. Sin embargo, me referiré en particular a tres novelas forjadoras de nuestra modernidad narrativa con las cuales la novela de Machado propone filiaciones y ciertas analogías significativas. Me refiero a <em>Las Memorias de</em> <em>Mamá Blanca </em>(1929) de Teresa de la Parra, <em>Cubagua</em> (1931) de Enrique Bernardo Núñez y <em>EL falso cuaderno de Narciso Espejo</em> de Guillermo Meneses (1952). Estas novelas comparten con <em>EL pez…</em>la aspiración de ser utopías de la forma y del sentido, es decir escrituras que desafían la tradición para entregarse como experiencias abiertas al placer de la reinvención por parte del lector.</p>



<p><em>El pez…</em>, en su singular república de los niños me ha recordado una novela que fascinará mis días de adolescencia. Me refiero a <em>Las memorias de Mamá Blanca</em>, una novela que, aunque viene del realismo criollista, lo transfigura en una literatura de aura mágica impregnada de nostalgia al recrear las aventuras de unas niñas en esa suerte de paraíso perdido que es la hacienda “Piedra Azul”. Como en la novela de Machado, las seis niñas son las protagonistas del libro de Teresa de la Parra, pero a diferencia de <em>El pez</em>… se desarrollará parcialmente en el mundo rural de una hacienda de la Venezuela del siglo XIX. Las niñas constituyen también una especie de comunidad infantil, en la que ocurre igualmente la solidaridad y complicidad, sometidas a la implacable autoridad de una institutriz llamada Evelyn; como los niños en la obra de Machado tienen también un conocimiento empírico de la vida pues habitan entre árboles, animales y campesinos.</p>



<p>Al igual que <em>El pez…,</em> <em>Las Memorias…</em> puede suponer también una crítica ideológica o política al mundo de la civilización y del “progreso” dado que las niñas, al ser llevadas de manera no consentida a la ciudad para ser “educadas”, sienten que sus vidas han perdido libertad, que han sido por lo tanto impactadas negativamente. Es el mismo temor que sienten los tres niños en <em>El pez…</em> ante la invasión de los turistas. En este sentido, <em>Las Memorias…</em>tienen mucho de una utopía agraria amenazada por la modernización. En tanto pudiera ser pensada como una distopía postmoderna, habría que decir que los niños en <em>El pez…,</em> a diferencia de las niñas de <em>Las Memorias</em>…, son crueles y perversos, han perdido la ingenuidad y la gracia con que Teresa de la Parra representa a unas niñas que sí han sido criadas al amparo de una familia tradicional. En ambos autores, sin embargo, la infancia es un mundo propio pautado por la invención, la imaginación, el riesgo, el deseo de aventuras y enfrentado al poder autocrático y civilizatorio de los adultos. Aparte de las notables diferencias argumentales, formales y de estilo, el humor irónico, paródico y a ratos melancólico de Teresa de la Parra parece tener resonancias en la escritura de Machado.</p>



<p>Enrique Bernardo Núñez (1895- 1964) abrió nuevos espacios de escritura en la narrativa venezolana moderna. Sus dos novelas, <em>Cubagua</em> (1931) y <em>La Galera de Tiberio</em> (1938) son novelas del mar. <em>Cubagua,</em> como <em>El pez…, </em>es una obra que tiene en la isla no solo un escenario, un paisaje, sino también un personaje que es mito y metáfora de un descenso al Averno. Ambas novelas llevan nuestra narrativa más allá de los límites del realismo convencional, al proponer sus respectivas escrituras como auténticas utopías de la forma que fundan sus indagaciones en la alteridad y en el diálogo de lenguajes: mito, sueño, poesía, pensamiento, reflexividad especular. Si en <em>El pez…</em> el mito y lo onírico subyacen en la condición fantástica de la novela, en <em>Cubagua </em>estimulan la incertidumbre y la dualidad de algunos personajes y el mismo halo fantasmal y la sensación de circularidad que envuelve a la isla. Lo real y lo fantástico perfilan en uno y otro texto el ser mismo de la isla que recrea el mito del eterno retorno pues a ella siempre se regresa como a un hábitat de los orígenes, como a un espacio de sueños. En ambas novelas la isla es espectro y destino fatal.</p>



<p>El poder como instrumento corrosivo que todo lo penetra y envuelve está presente en ambos textos como una red de sentidos. Mientras en <em>Cubagua</em> el poder se expresa históricamente como expoliación y saqueo de perlas y riquezas minerales de la isla, en <em>El pez…</em>adquiere una dimensión autocrática, de gobierno despótico y vejatorio, primero del padre con respecto a los hijos, y luego de los hijos con respecto al padre. Utopía en Núñez y distopía en Machado, la isla es crítica de un poder civilizatorio que hace del “progreso” un modo de coloniaje y agresión. La invasión como hecho histórico de conquista en<em> Cubagua</em> o la amenaza de invasión de turistas en <em>El pez…</em>, es pues la expresión política de un poder que tiene, sin embargo, múltiples derivaciones ideológicas y semánticas. El poder, como la isla, puede adquirir en ambos libros una gradación un tanto espectral y a veces secreta.</p>



<p>Machado ha sido un lector asiduo de Guillermo Meneses (1911-1978). La crítica ha señalado su diálogo con este autor, desde la publicación de su relato “Contracuerpo” que ganara el prestigioso premio del diario <em>El Nacional, </em>tal como lo expresa la reseña que del mismo hiciera Juan Liscano (8). En efecto, la escritura renovadora y experimental de Meneses, sobre todo la que se revela en su relato “La mano junto al muro” y en la novela <em>EL falso cuaderno de Narciso Espejo</em> tendrá eco en la narrativa de Machado. Ambos textos significaron un giro absolutamente renovador en nuestra narrativa moderna. La escritura poética y experimental de <em>El pez…,</em> particularmente a través del juego autorreferencial y autoparódico de los “textos apócrifos”, nos recuerda el juego especular de documentos que configura la novela de Meneses. En ambos autores la novela se reinventa a través del autocomentario, de las “tachas” o ampliaciones, de las citas autoparódicas o irónicas. En ambos autores la novela se configura así en un sujeto-objeto complejo dada la multiplicidad de significaciones y de interpretaciones posibles que desafían al lector y a la narrativa del realismo convencional. <em>El pez…</em> lleva a límites inexplorados la escritura poética, lúdica y metaficcional que Meneses propusiera, al realizar un nuevo giro hacia un realismo fantástico que no cesa de jugar con la poesía, la alteridad y la reflexión especular o irónicamente metafísica. Más allá de las analogías, de las filiaciones literarias y de las convenciones legadas por la tradición narrativa venezolana, <em>El pez de los sueños</em> abre una nueva ruta de indagación textual, es decir, de experimentación estética y semántica.&nbsp;</p>



<p>.</p>



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<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Machado, Wilfredo (2022), <em>El pez de los sueños</em>, Caracas, Monte Ávila Latinoamericana, Col. Continentes.</p>



<p><a id="_ftn2" href="#_ftnref2">[2]</a> El concepto de escritura está referido a Roland Barthes e indica un más allá del estilo. Un escritor no es quien tiene un estilo sino quien tiene o busca una escritura, es decir una manera, una forma renovadora que impacte la tradición literaria. </p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Douglas Bohórquez </strong>(Maracaibo, Venezuela, 1951)</p>



<p class="has-small-font-size">Escritor, profesor titular de la Universidad de los Andes (Núcleo Trujillo) en las áreas de teoría de la literatura, semiología y literatura venezolana e hispanoamericana. Doctor en semiología por la Universidad de París VII. Estudió bajo la dirección de Julia Kristeva. Ha sido profesor invitado en universidades europeas y de América Latina. Entre sus últimas publicaciones destacan los libros: <em>Entrelecturas</em> (Mérida, Fundecem, 2015) y <em>No soy el príncipe Hamlet y otros poemas</em>(Caracas, El perro y la rana, 2022), <em>Algunos libros anteriores: Antología poética</em> (Caracas, Fundarte,2014) y <em>Del costumbrismo a la vanguardia. La narrativa venezolana entre dos siglos </em>(Caracas, Monte Ávila, 2007).</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Wilfredo Machado</strong>&nbsp;(Lara, Venezuela, 1956)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, narrador y editor. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA). Fue agregado cultural de Venezuela en Brasil. Ganador del concurso de cuentos de&nbsp;<em>El Nacional</em>&nbsp;en 1986; del Premio Municipal de Literatura en 1995 con&nbsp;<em>Libro de animales</em>; y del Premio de Narrativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2009. Entres sus obras destacan&nbsp;<em>Contracuerpo</em>&nbsp;(Fundarte, 1988),&nbsp;<em>Libros de animales</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 1994; Alfadil, 2003),&nbsp;<em>Poética del humo</em>&nbsp;(Fundación para la Cultura Urbana, 2003),&nbsp;<em>Diario de la gentepájaro</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2008),&nbsp;<em>Corazones sombríos y otras historias bizarras</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2015),&nbsp;<em>La noche de Prometeo</em>&nbsp;(Editorial El perro y la rana, 2015),&nbsp;<em>El rey de los pobres</em>&nbsp;(Fundecem, 2017),&nbsp;<em>El pez de los sueños</em>&nbsp;(Monte Ávila Editores, 2022) y&nbsp;<em>Animalia y otros seres monstruosos</em>&nbsp;(Fundarte, 2023). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de cuentistas venezolanos e hispanoamericanos, algunos de ellos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, inglés, hebreo y búlgaro.</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/el-pez-de-los-suenos-de-wifredo-machado-dialogo-y-subversion-en-la-novela-venezolana/">El pez de los sueños de Wifredo Machado: diálogo y subversión en la novela venezolana</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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		<title>El cumpleaños del monstruo</title>
		<link>https://nilaediciones.com/el-cumpleanos-del-monstruo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Wilfredo Machado]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Jul 2023 19:40:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura latinoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura hispanoamericana]]></category>
		<category><![CDATA[literatura latinoamericanos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Uno de los cuentos del libro inédito El humo solitario, de Wilfredo Machado, que será próximamente publicado por Nila Ediciones. </p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/el-cumpleanos-del-monstruo/">El cumpleaños del monstruo</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;Nunca en toda su vida había oído un sonido como ése. Era como si una enorme bestia antediluviana, armada de ruidos, estruendos potentes y surgida del mismísimo infierno, se hubiera puesto a gritar con todas sus fuerzas en medio de la noche. Su enorme cuerno bramando entre las sombras llenaba el aire de extraños acordes. Todos temblábamos sin saber por qué.&nbsp; La terrible onda se extendía por valles y sembradíos devastando todo a su paso, arruinando cosechas y ahuyentando a los animales de las comarcas vecinas que huían despavoridos. En la madrugada escuchó el graznido de los cuervos semejando una bandada de sombras temerosas. Ese amanecer, cuando salió al patio a vaciar su vejiga, vio nubes oscuras y lejanas viajando en dirección al poblado. Tal vez el apagón había sido ocasionado por alguna tormenta eléctrica, tan comunes en esta época del año. Por la mañana, luego del desayuno, se dirigió junto con su familia al pueblo, como todos los lunes; pero en esta ocasión sintió que algo extraño sucedía afuera. El mundo parecía haberse detenido. Por el camino encontró cientos de autos, camiones, motocicletas y vehículos de transporte pesado, abandonados en medio de la autopista. Se detuvo unos segundos para observar la línea de vehículos extendida como una serpiente lustrosa sobre la carretera, hasta donde alcanzaba la vista. Tuvo que tomar atajos y caminos alternos que ya nadie usaba para lograr llegar al próximo pueblo.&nbsp; Pero no vieron ni un alma en todo el trayecto.&nbsp; Se estacionó en el mismo lugar de siempre. La garita del vigilante estaba vacía. Colgó la llave del auto en el lugar acostumbrado. Recorrieron las calles vacías donde solo aullaba un viento feroz que helaba la sangre, buscando a alguien que pudiera explicarles ese nuevo fenómeno al que llamaban <em>ausencia</em>; la densa soledad que iba apoderándose de todo como un manto protector. En algún momento de ese nuevo asombro, cayeron en cuenta que no había otros seres en el poblado, tal vez en el mundo, más que ellos.</p>



<p>—Parece que somos los únicos aquí. Todos se han ido —susurró. ¿Te das cuenta? ¡El pueblo nos pertenece! Podemos tomar lo que queramos, sin pagar ni un centavo. No había terminado de hablar, cuando ella desapareció detrás de la puerta de una joyería, abrió las bandejas rompiéndolas con un bastón y tomando las joyas más costosas para colgarlas del cuello del perro con una gruesa cadena de oro. «Siempre había querido hacer esto». Él se marchó con un carrito de mercado para buscar efectivo en el banco, aunque no lo necesitara. Luego de horas de despilfarro y derroche, haciendo lo que les venía en gana, recorriendo tiendas y bares, se encontraron de nuevo en medio de la calle. Fue entonces cuando se acordaron del niño.</p>



<p>—¿No estaba contigo? ¿No te lo llevaste? —se recriminaron mutuamente. Aterrados, pensando lo peor, buscaron por todas partes, pero no lo encontraron. Cuando ya se rendían al llanto y a la desesperación, escucharon los ladridos desde un mall cercano. El animal parecía pedir ayuda. Siguieron al perro por escaleras y corredores en penumbras, hasta ingresar a lo que les pareció una enorme sala de cine. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se percataron de que no estaban solos. Cientos de personas, conectadas a terminales y sentadas en butacas de cuero, recibían instrucciones de una enorme pantalla de la que emanaba un zumbido infernal.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando logró rescatar al perro, perdido entre la multitud de piernas que colmaban el lugar, el niño lo abrazó y se escabulló velozmente de sus padres como una sombra. Al salir giró el seguro de la puerta con doble llave. En el vestíbulo lo aguardaban.</p>



<p>—¿Son los últimos? —preguntaron.</p>



<p>—Sí —respondió el niño moviendo la cabeza de arriba a abajo. Son los últimos. Solo una cosa más… ¿Puedo quedarme con el perro?</p>



<p>—Sí —dijeron, con lo que pareció ser una sonrisa de aprobación.&nbsp; Pero no te lo vayas a comer…</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El niño abrió la puerta y se marchó feliz con la mascota. Detrás quedaron los extraños seres brillantes, de forma circular y con un apetito voraz e insaciable, discerniendo sobre cuál sería el mejor método de conservación de la carne humana. En ese momento los guardias trajeron a rastras a un hombre de contextura robusta y baja estatura, que se les antojó de una timidez edulcorada, pero a todos se les hizo agua la boca. El hombre se esmeraba cantando entre sollozos una triste versión del cumpleaños feliz, pero ya los monstruos, sin ningún tipo de etiqueta, se abalanzaban sobre él para devorarlo. Uno de ellos, más tarde, después de la increíble comilona, quiso encender las velitas, pero los restos de papilla y sangre húmeda sobre la mesa aún no terminaban de secarse.</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>Wilfredo Machado</strong> (Lara, Venezuela, 1956)</p>



<p class="has-small-font-size">Poeta, narrador y editor. Licenciado en Letras por la Universidad de los Andes (ULA). Fue agregado cultural de Venezuela en Brasil. Ganador del concurso de cuentos de <em>El Nacional</em> en 1986; del Premio Municipal de Literatura en 1995 con <em>Libro de animales</em>; y del Premio de Narrativa del Ministerio del Poder Popular para la Cultura en 2009. Entres sus obras destacan <em>Contracuerpo</em> (Fundarte, 1988), <em>Libros de animales</em> (Monte Ávila Editores, 1994; Alfadil, 2003), <em>Poética del humo</em> (Fundación para la Cultura Urbana, 2003), <em>Diario de la gentepájaro</em> (Editorial El perro y la rana, 2008), <em>Corazones sombríos y otras historias bizarras</em> (Monte Ávila Editores, 2015), <em>La noche de Prometeo</em> (Editorial El perro y la rana, 2015), <em>El rey de los pobres</em> (Fundecem, 2017), <em>El pez de los sueños</em> (Monte Ávila Editores, 2022) y <em>Animalia y otros seres monstruosos</em> (Fundarte, 2023). Sus cuentos han aparecido en numerosas antologías de cuentistas venezolanos e hispanoamericanos, algunos de ellos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, inglés, hebreo y búlgaro.</p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size">Fotografía: Wilfredo Machado</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/el-cumpleanos-del-monstruo/">El cumpleaños del monstruo</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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		<title>Salice y la esquizofrénica sangre</title>
		<link>https://nilaediciones.com/salice-y-la-esquizofrenica-sangre/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[María Alejandra Rojas]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Dec 2022 13:40:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[literatura venezolana]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tras cruzar el umbral sintió que un líquido corría por su oído derecho. Saludó al vigilante que en la caseta veía un juego de fútbol, del mundial de fútbol. Portugal ganaba, por eso los vecinos daban vítores y gritos desde sus apartamentos. Salice se llevó un dedo —el índice, fue el dedo índice— de la...</p>
<p>La entrada <a href="https://nilaediciones.com/salice-y-la-esquizofrenica-sangre/">Salice y la esquizofrénica sangre</a> se publicó primero en <a href="https://nilaediciones.com">NILA ediciones</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Tras cruzar el umbral sintió que un líquido corría por su oído derecho. Saludó al vigilante que en la caseta veía un juego de fútbol, del mundial de fútbol. Portugal ganaba, por eso los vecinos daban vítores y gritos desde sus apartamentos. Salice se llevó un dedo —el índice, fue el dedo índice— de la mano derecha a la oreja y por supuesto era sangre y no cerumen. Caminó menos encorvada que meses atrás, esquivó el pantano hasta llegar a la parada de autobuses. Corrían goticas dentro de su oreja. Ella, con el reverso de la manga del abrigo, ese reverso del puño derecho con el que las personas se rascan la nariz, disimuló la sangre.</p>



<p>Subida al autobús comenzó el calor en la cabeza y de la nariz brotó a su vez una hemorragia. Desistió de limpiarse y avanzó entre los transeúntes. Comenzó a lloviznar. Inevitablemente tragó lo que bajaba hasta sus labios, le supo amargo. Atravesó el pasillo y buscó un asiento a tientas porque la sangre (su propia sangre) le nublaba la visión. Si me voy a morir que sea sin dolor, pensaba. Salice era una cabeza sangrante. Sus oídos zumbaban como cabeza de panal y como pudo llegó a la ciudad costera junto a la que vivía. En ese puerto había estado hacía mucho tiempo atrás pero hoy regresaba.</p>



<p>La lluvia había arreciado durante el trayecto y el conductor no vio ningún derramamiento en una muchacha ensimismada que le pagó el pasaje mientras se palpaba la nariz. Salice había decidido ir a la costa solo para comprar frutas frescas, tal vez cocos de los altos cocoteros que se mecían en sus recuerdos, o tal vez habría ido a tomar un poco de sol, Salice gustaba sentarse en la arena húmeda a tomar baños de sol. Sola. Pero llovía y desde temprano había tenido que soportar la humedad en la cara.</p>



<p>La cosa estaba en que Salice, tímida y empequeñecida, había tenido que sortear una vida de vergüenzas, de situaciones bochornosas que hubiese deseado evitar. Ahora esto, esta alocada sangre que la seguía, con su terrible y penetrante olor a donde quiera ella fuese. Estaba sucediendo días atrás, una mancha en el plato de sopa: la nariz goteaba; una repentina coloración del agua que estaba bebiendo: un coágulo que había salido de su garganta. Sentarse en la poceta y sin siquiera orinar soltar un chorro inexplicable y no menstruante de sangre. Pistas que Salice al fin y al cabo no supo atar.</p>



<p>Descendió y anduvo. Salice deambulando por el pueblo sabía que estaba sucediendo, aunque cuando se metió al baño del restaurante chiquito al que entró “como por casualidad” no vio absolutamente nada sanguinolento en su rostro. Limpia como está, blanca como está, Salice se sienta a tomar un refresco. Por una extraña, ocurrente y ya no recordable razón ella vino a dar a ese puerto. Caminó, sabía que llegaría y llegó. El mar la había estado esperando y la había llamado a grandes voces a través de las olas. El oleaje despertó a Salice en la madrugada, parecía estar guardado dentro del armario o en la caja del televisor con su lejano y atrapado vaivén cuando la hipnotizó. Salice y su hermosa cabellera negra y rizada se levantaron de un tirón y emprendieron el viaje.</p>



<p>Llegaba al fin del pueblo y ante sí, majestuoso, el mar. Salice, aterrada, miró como la arena debajo de sus pies era negra, <em>petrólea</em>, transfigurada y sus zapatos pequeños no respondían a sus órdenes de escapar. Más tarde o más temprano Salice tuvo que enfrentarse al mar, quien ahora ante sus ojos aterrados se iba colorando desde sus entrañas hasta las olas mansas que prorrumpen en la orilla. El mar comenzaba a enfurecer y a lanzar olas que crecían y no removían la oscura arena. Solas y a cada paso más viscosas las olas de sangre-mar, llenas de coágulos, tintas, se aproximaban a Salice, la cual, con sus piernas entreabiertas y petrificada nada podía hacer.</p>



<p>Comenzó a mancharse el ruedo de su pantalón con el arrastre. Salice no podía retroceder, no podía de ninguna manera y recordó. Lo veía batirse contra ella y recordó. Lo veía duplicase al infinito y lo increpó: “Eres tú, la playa de mi infancia, por qué&nbsp; haces esto”. Y las aguas, ahora oceánicas reconocían su voz y del centro manó el plasma: <em>vinotinta</em>, primera, la mar, ahora Salice podía observar que una voluntariosa mujer se paraba frente a ella se iba hacia atrás y retrocediendo cogía el más grande impulso para arremeter, fue entonces cuando en el aire apareció flotando un doctor. Dicho médico con su bata blanca puesta y el estetoscopio al cuello exclamó&nbsp; (la ola se congeló tras él) <em>Salice tú estás enferma.</em> Ella parpadeó, la ola reventó estrepitosa llevándose todo a su paso.</p>



<p>Salice no había muerto, empapada vio ríos de viscosidad en torno, en la corriente&nbsp; —como peces sacados del fondo del mar donde hacen vida— flotaban pequeños fetos que ella cuidaba no pisar. Fetos que atravesaban el mar muy muertos y arrugados sabían el secreto de Salice a quien le corrían largos y espesos chorros de sangre por el cabello. Fue como cuando vivió en el vientre de su mamá.</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right">Del libro <em>Todas las noches parece y otros relatos </em>(2017).</p>



<p></p>



<p></p>



<p class="has-small-font-size"><strong>María Alejandra Rojas</strong> (Caracas, Venezuela, 1980)</p>



<p class="has-small-font-size">Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Poeta, narradora, guionista, actriz y tarotista. Ha sido editora y correctora en diversas editoriales. Ganadora del primer lugar del Concurso Literario Ucevista 2006 mención poesía; ganadora del primer lugar del Concurso Fundarte 2007 mención cuentos con su libro <em>De volar; </em>ganadora del certamen de la Villa del Cine 2009 con su guion de largometraje de ficción <em>Por un gallo; </em>mención especial en Cada loco con su tema (México, 2010); ganadora del Premio Nacional Salvador Garmendia 2011 con su libro <em>Todas las noches parece y otros relatos</em>, merecedora del primer lugar en la Bienal Cecilio Acosta 2017 con su libro <em>A todos los he amado</em>. Su última publicación <em>Colocarme a la vez mis dos ojos</em>, Fundarte, 2020, es un poemario digital en formato Ebook.</p>



<p class="has-small-font-size">Ha impartido talleres de literatura particulares y clases como docente en universidades latinoamericanas, ha sido parte del jurado en concursos literarios, representante en Ferias de Libro de países como Ecuador, República Dominicana, Irán, Grecia y Turquía. Tuvo una participación especial en la Cátedra José Antonio Ramos Sucre en Salamanca, España.</p>



<p class="has-small-font-size">Actualmente vive en Málaga, trabaja en un volumen de relatos de consultas, consultantes y tarot y un guion cinematográfico con temática afro. Ha sido merecedora de la beca en la Residencia Artística en la Stiftung Künstlerdorf Schöppingen, Renania del Norte, Alemania en 2021, asimismo ganó la Residencia Artística en la Saari Residence de la Kone Saatio en Finlandia en 2022. &nbsp;</p>



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